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RECUERDOS DE INDIA |
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Se dice que India te gusta o no te gusta,
pero que nunca te deja indiferente. Después de nuestro viaje del pasado mes
de agosto me atrevería a retocar en parte esta afirmación. Ahora pienso que
gustará a aquellos que sepan disfrutar de nuevas experiencias y que tengan
unos buenos compañeros con quien compartirlas. Así nos sucedió a nosotros.
Existen lugares para ver y lugares para sentir. Europa es visual, Oriente es sensitivo. Así cuando nos embarcamos a nuestro viaje al Sur de India ya esperábamos la intensidad de una cultura muy diferente pero, como algunas veces sucede, la realidad supera cualquier idea que puedas hacerte. Tan sólo aterrizar en el aeropuerto de Trinvandrum, situado en el extremo sur del sub-continente indio, junto al Cabo Comorín, nuestros esquemas mentales fueron rotos. Aquello no se parecía en nada a los áridos paisajes que todos hemos visto en fotos o en reportajes de televisión. El paisaje se revelaba frente a nosotros como una selva de palmeras y exuberante vegetación. Las lluvias habían ya amainado pero su rastro dejaba frente a nuestros ojos una verdor indescriptible. Observábamos por las ventanas del autocar el trajín con las maletas hasta que este se puso en marcha. Creo que en aquel momento todos nos dimos cuenta de golpe que habíamos llegado no a otro país, sino a un lugar donde las cosas se hacen “diferente”. La serpenteante carretera que nos conducía a nuestro hotel se convertía en una carrera de obstáculos que nuestro diestro conductor esquivaba con precisión matemática. Bicicletas, camiones, animales y cientos de personas conviven en la carretera, es parte de la vida en India,el ir de un lado a otro. Detenerte es no avanzar. Después del impacto inicial del tráfico todos nos acostumbramos a esta forma de conducir que, como alguien dijo una vez es un “caos funcional”. Contemplar los maravillosos paisajes que el sur nos ofrecía era más importante que una peculiar forma de conducir.
Iniciamos nuestro recorrido en plena naturaleza, junto a la preciosa reserva natural de Periyar. Los animales fueron vergonzosos y fueron difíciles de ver pero el paseo en barca por el lago a primera hora de la mañana fue de gran belleza. Nutridos por el esplendor natural nos adentramos en la cultura del sur. Nuestra ruta nos llevó a visitar templos, muchos templos, el cual más atrayente que el anterior. Cada ciudad que visitábamos nos ofrecía una combinación de arte y vida difícil de encontrar en el mundo. En el sur de India los templos no son considerados, como en occidente, monumentos artísticos. Para los hindúes es más importante el templo como lugar de culto que como expresión artística. Muchos de ellos son espectaculares construcciones de entre los siglos XIII y XV, autenticas joyas de la arquitectura y, principalmente de los relieves en piedra, pero esto no implica que los rituales no sigan celebrándose como hace miles de años. Es difícil de explicar como es un templo hinduista ya que escapa de nuestra concepción; un templo no es sólo un edificio, sino una ciudad amurallada en cuyo interior hay calles, tiendas, personas que viven allí y devotos, miles de devotos que cada día ofrecen sus ofrendas a los dioses. Familias enteras que se desplazan a hacer sus plegarias, peregrinaciones con cientos de fieles venidos de todas partes del país se mezclan con vendedores de flores y muchos niños que se acercan a los pocos extranjeros que visitamos el lugar. Porque la vida en el sur de India sigue aún su ritmo; no se ha visto invadida por los grupos turísticos masivos que invariablemente rompen las tradiciones más ancestrales y cambian el carácter de las personas. Me pregunto, ¿por qué un lugar tan bello no ha sido descubierto? Más que buscar respuesta, prefiero rogar que así se mantenga durante todo el tiempo posible, vivo, inocente y abierto a aquellas personas que sepan disfrutar de ello sin amenazar su espíritu. Madurai, Trichy, Tanjore fueron ciudades del interior que nos fascinaron. Luego llegamos al mar, al océano Indico y allí pudimos visitar los incomparables templos rupestres de Mahabalipuram, con sus inmensos relieves excavados en la roca que fueron declarados Patrimonio de la Humanidad. Muy cerca disfrutamos de la bella ciudad de Pondicherry y en ella acudimos a visitar el ashram de Sri Aurovindo, donde frente a su tumba tuvimos nuestro espacio para meditar. Fue una experiencia de recogimiento muy diferente a la de los bulliciosos templos que habíamos visitado hasta entonces. Dijimos adiós a India desde Bombay, una ciudad cada día más cosmopolita y al mismo tiempo donde las diferencias sociales son más remarcables. Con el sentimiento de que nuestro viaje había acabado aterrizamos en Doha, capital del emirato de Qatar, situado en el Golfo Pérsico. Los últimos días fueron de descanso en las deliciosas instalaciones de nuestro hotel y, para aquellos que lo desearon, también del descubrimiento del desierto con sus inmensas dunas que se recorrían con vehículos todo terreno. Una experiencia única. Para terminar este breve relato de nuestro viaje me gustaría agradecer a todos los que participaron en él. Creo firmemente que un gran viaje se hace minuto a minuto y que tan importante es lo que se ve como con quien se ve. El mejor recorrido del mundo puede ser decepcionante si los compañeros de viaje no están todos en la misma “onda”. Y este año se ha vuelto a producir la magia... Algunas personas ya habían compartido viajes con nosotros, para otros era la primera vez, pero entre todos creamos una sinergia que nos permitió vivir el viaje más allá de un grupo de amigos... Casi como una gran familia. Muchas gracias a todos y espero poder reencontrarnos en otros viajes y animar a todas las personas que leen estas líneas a conocer otros lugares, otras culturas que ampliarán nuestra conciencia y abrirán nuevas perspectivas de aprendizaje. Agusti Rios RECUERDOS DE INDIA: EL VENDEDOR DE INCIENSO Existe la creencia de que en los profundos valles de los Himalayas vive un gran yogui. Es conocido como Kriya Babaji Nagaraj, Shiva Baba, Sanata Kumara, aunque muchos prefieren llamarle simplemente Babaji. Su cuerpo no ha envejecido desde que tenía dieciséis años, cuando según la tradición venció a la muerte y logró un estado supremo de liberación espiritual. Originario de India del sur, se cree que nació el 30 de noviembre del año 203 d.C. en una pequeña aldea del Tamil Nadu situada a unos 16 kilómetros del templo de Chidambaram, lugar que visitamos el pasado mes de agosto. Muchas historias se cuentan sobre el inmortal maestro que ha sido la inspiración y guía de buscadores espirituales.
Me senté a descansar junto a un par de amigas, los niños seguían importunando tratando de vendernos sus inciensos, mientras la corriente humana seguía pasando por delante de nosotros. Fue entonces cuando escuche a un hombre decirme -¿Incens, Sir? Mientras le respondía, moviendo la cabeza negativamente, de reojo contemple la imagen de un anciano, encorvado, cargado con un bulto sobre sus espaldas. El hombre permaneció en silencio frente a nosotros y repitió la pregunta: -¿Incens, Sir? Miraba hacia otro lado ignorando su presencia cuando escuche en mi interior la voz de la intuición decirme: “¿Y si fuese Babaji, tampoco le comprarías?” Gradualmente giré mi cabeza y nuestros ojos se
encontraron. Su profunda mirada expresaba intemporalidad, en ella nada se -¿Cuánto vale?, pregunté. Cinco paquetes por cien rupias. Metí la mano en el bolsillo, saque cien rupias y se las di. En India siempre hay que regatear, pero mi corazón me decía que no podía regatearle un euro a quien quizás tanto lo necesitaba. El anciano abrió su fardo y sacó 7 o 8 paquetes de incienso y me los dio. Fue entonces cuando le pregunté a mi amiga Nuria: -¿Quieres hacer una buena obra? ¿Sólo son dos euros? -¿Claro que si! Respondió. Y sacando el dinero le compró cinco paquetes de incienso. Después creo que fue Montserrat quien también compró y así muchos del grupo compraron incienso al anciano vendedor. Pasado un tiempo nos levantamos y comenzamos a caminar hacia la salida. Al llegar a la puerta el anciano me esperaba, abrió su fardo y sacó los tres últimos paquetes de incienso que le quedaban y agradecido me los entregó. Los había vendido todos. De nuevo, nuestros ojos se encontraron y en ellos ahora pude distinguir la imagen del joven maestro inmortal. Mi cuerpo se inclinó respetuosamente mientras las manos del anciano tocaban mi cabeza en señal de bendición. El sol se ponía en Mysore mientras caminábamos en silencio hacia el autobús que nos llevaría de regreso al hotel. En mi corazón sentía una gran paz. Frederic Solergibert RECUERDOS DE INDIA: CONDUCIR EN INDIA Diez años atrás planeaba viajar a Estados Unidos; y como deseaba poder conducir allí, necesitaba un Permiso Internacional de Conducción. Es por ello que antes de salir de India fui a solicitar uno. Después de hacer varias preguntas en la oficina correspondiente, me di cuenta de que para obtener un Permiso Internacional era indispensable tener primero el Permiso de Conducir Hindú. Así que decidí ir a la Oficina de Tráfico a solicitar uno. Después de un sin fin de preguntas a los funcionarios, fui rescatado por un grupo de intermediarios que estaban sentados sobre sus motocicletas bajo un frondoso árbol.
Lo que más tiempo llevó de obtener mi Permiso de Conducir Hindú fue revelar la fotografía. Armado con mi nuevo documento de conducir fui a solicitar mi Permiso Internacional. La persona encargada me dio un librito y me dijo que tenía que aprenderme las señales para poder ser examinado. Durante el examen sólo pude recordar dos de las treinta y tantas señales. El examinador estaba muy enfadado con el resultado de mi examen, recuerdo que decía:
Conducir en India simplemente implica ir de un punto a otro. Como se llega es problema de uno, ya que se ignoran completamente todas las reglas. Raramente un conductor es instruido en como aparcar, realizar un adelantamiento o a mantenerse en un mismo carril. Las líneas y las señales en las calles están pintadas simplemente para decorar, son un indicativo que no significa nada para el conductor. Los retrovisores no se utilizan nunca. Cuando hay mucho caos delante del vehículo a los conductores no les importa lo que pase detrás. Es más, las tres cosas esenciales para conducir por India son: Una buena bocina, unos buenos frenos y mucha suerte. La vaca sagrada y otras historias de India. Tarun Chopra. Si deseas ver todo el recorrido que se realizó durante este viaje, así como las especiales características que tuvo, haz click aquí. Artículos relacionados: India del sur: un mundo diferente
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