BIRMANIA Y LA MAGIA DEL PASADO
Paisajes que reflejan el poder espiritual de la tierra

Existen pocos países más desconocidos, más cerrados, más misteriosos que Birmania. Replegada sobre sí misma por gobiernos preocupados por preservar a la población de las influencias extranjeras perniciosas –o reputadas como tales-, pero también rodeada de montañas hostiles y bordeada por una costa inhóspita, Birmania, la actual Myanmar, no hace más que proseguir en la actualidad una larga y enraizada tradición de aislamiento.

País budista, eje entre el mundo indio y el Sureste asiático, habitado en su mayor parte por pueblos venidos de la China, en el curso de grandes migraciones, Birmania ha desempeñado durante mucho tiempo, en los terrenos militar, cultural y sobre todo religioso, un papel importante que su actual decadencia apenas permite imaginar. En un país donde lo sobrenatural juega un papel fundamental y desconcertante, la imaginación tiene un gran papel: hay que imaginarse a una gran metrópolis tras las antiguas fachadas de Rangún; la civilización suntuosa de los reyes de Bagan y de Ava, tras los pueblos hoy más dormidos, rodeados de exquisitos templos.

Sus gentes, hoy afables y pacíficos fueron en otros tiempos los fogosos conquistadores que arrasaron Ayudhaya, la capital del Siam, hace apenas dos siglos, y se lanzaron al asalto del Imperio Británico de las Indias; fueron los arquitectos y artistas que hicieron de Bagan una de las maravillas del mundo; los sabios que influyeron sobre la extensa propagación y el desarrollo del budismo. Birmania conserva un encanto, un misterio, una alegría de vivir incluso obsoletos, fuera del tiempo, pero todavía muy impregnados en lo profundo de su vida cotidiana con el recuerdo de una civilización que pasó a la historia.

Rangún, fuera del tiempo

Recogido al pie de la colina de Singuttara, en cuya cumbre reina la majestuosa pagoda de Shwedagon, Rangún no se parece apenas a las ruidosas e hirvientes metrópolis asiáticas. El centro de la ciudad ha conservado el aspecto que tenía en el período británico: el estilo “anglo-indio”, edificios imponentes, parques y avenidas, ahora ocupados por escribanos públicos con su antigua máquina de escribir y vendedores de cheroots, los enormes puros birmanos enrollados en una hoja de maíz, y que gustan sobre todo a las mujeres. Más allá están los barrios populares como en Kemmendine, donde los habitantes han recreado su tipo de vida tradicional, con casas de madera sobre pilotes agrupadas en pequeñas comunidades.

Rangún no sería Rangún sin la pagoda del Shwedagon, construida sobre un paraje donde, según la leyenda, se venera a Buda desde hace dos mil quinientos años. Dos comerciantes habrían traído aquí, de las Indias ocho cabellos de Buda, que fueron puestos en un gran templo, que con el paso del tiempo se convirtió en la gran stupa dorada, rutilante bajo el sol, que se eleva en la cumbre de una colina rodeada de cocoteros. Con una altura de 110m y rodeada de 64 pequeñas pagodas está envuelta en 8.688 hojas de oro. Dominando el edificio, el hti o sombrilla, está adornada con 5.448 diamantes y más de 2.000 piedras preciosas.

Bagan y sus miles de templos

A mediados de 1975 un violento terremoto destruyó el yacimiento arqueológico de la antigua capital real de Bagan. Los trabajos de restauración se emprendieron inmediatamente con los medios recabados por birmanos amorosos de su patrimonio nacional y con ayuda internacional. La joya de esta reconstrucción es el pequeño Bupaya, stupa de ladrillos cubiertos de cal, que ha sido reconstruida con los mismos métodos originales, por los obreros que descienden de quienes lo habían construido hace siglos y siglos. Porque al pueblo birmano le gusta redecorar o de repintar sus templos; para ellos es un símbolo de que continúan venerándolos. Ante algunas pagodas, a veces minúsculas o en ruinas, siempre hay ofrendas, flores , barritas de incienso. Para los birmanos Bagan no es un yacimiento arqueológico sino el símbolo de un mundo que continúa.

En la estepa árida, cubierta de arbusto espinoso, donde el agua es un tesoro, se cuenta todavía las vestigios de 2.200 templos, algunos casi intactos, de los 5.000 que fueron edificados durante la edad dorada de Bagan. Esta duró cerca de dos siglos y medio, desde la llegada al poder de Anoratha, a mediados del siglo XI hasta el saqueo de la ciudad por los mogoles en el 1287.

Y siempre con la sensación de estar “en otro tiempo”, que la vida y los valores cotidianos siguen las mismas pautas que en el pasado. Es por ello que en Birmania aún se puede “descubrir y vivir la magia del pasado”, experiencia cada día menos habitual en nuestro globalizado planeta.

 


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