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Desde tiempos inmemoriales los
seres humanos han buscado lugares especiales donde poder curarse de
sus enfermedades, donde contactar con sus dioses, donde tener una
experiencia espiritual. Incluso mucho antes de que aparecieran las
primeras religiones, cuando no existían templos, ni dioses, existían
lugares en la naturaleza donde los primeros humanos acudían a
recuperar un contacto más puro con la naturaleza.
Con
el transcurso de los siglos, las distintas religiones construyen sus
doctrinas y sus templos, muchas veces en los mismos lugares donde los
antiguos adoraban las fuerzas de la naturaleza. Estos nuevos dioses y
estas nuevas ideas tomaron formas concretas, crearon normas y
separaron lo bueno de lo malo. Así fue como surgió el concepto de
“lo sagrado” frente a “lo profano”, de “lo espiritual”
frente a “lo material”. Y esos nuevos conceptos impregnaron los
lugares de adoración que ya no fueron naturales, inmersos en la
naturaleza, sino artificiales, construidos por el hombre.
Esos lugares sagrados
en algunos casos conservaron su cualidad de lugar de reencuentro con
la naturaleza y fueron así, lugar sagrado y lugar de poder
simultáneamente. Pero en la mayoría de los casos, los lugares
sagrados: iglesias, ermitas, catedrales... fueron perdiendo su sentido
más profundo para ser lugares de encuentro religioso y social, pero
ya no lugar de transformación y de potencia interna. Fueron lugares
sagrados, pero ya no de poder.
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Así ha sido
durante los últimos 3.000 años en Occidente. Pero incluso en
los momentos más materialistas o los más agitados por las
corrientes de la Historia, ha habido las manifestaciones de la
naturaleza, recordándonos que ella fue la primera, la
primigenia, la anterior a los humanos y la civilización y la
que permanecerá cuando humanos e historia hayan caído en el
olvido. Fuentes curadoras, cuevas con poderes, árboles
milagrosos, apariciones de seres celestiales se han dado en todo
el mundo y en toda época. Son signos de una fuerza que no puede
ocultarse, ni permite que nos olvidemos de ella. Es la fuerza de
Gaia, la Tierra viva, es la fuerza de la espiritualidad
equilibrada en el soporte material, es la Gran Madre, la que
existió incluso antes que los dioses masculinos, incluso antes
del Sol, la gran dadora de vida. La diosa clara de la luz y del
cielo que es, a la vez, la diosa oscura de la noche y de la
tierra. La gran Virgen Blanca y la gran Virgen Negra.
La fuerza
femenina creadora adorada por los antiguos anteriores a la
historia en las cuevas neolíticas, la diosa de la fertilidad
adorada en las Islas Cicladas 3.000 años antes de Cristo,
adorada en Babilonia, en Nínive, en Egipto, en Grecia, en Roma
y con la llegada del Cristianismo asimilada a la madre de
Jesús, a la Virgen María, la que puede engendrar sin dejar de
ser inmaculada. |
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Bajo esta perspectiva,
el fenómeno de las apariciones marianas adquiere un nuevo valor:
¿qué es un lugar donde se aparece la Virgen? ¿Es un lugar sagrado o
es un lugar de poder?
Es indudable su valor como lugar
sagrado, como lugar de adoración religiosa especialmente para los
creyentes católicos (no olvidemos, el muy diferente papel que la
madre de Jesús, juega dentro de las diversas corrientes del
protestantismo) para los que una aparición siempre es una prueba del
amor y preocupación de Dios por sus hijos los seres humanos y su
preocupación por estar cerca de ellos, especialmente en los momentos
más conflictivos.
Pero también es un
poderoso lugar de poder, incluso para los no católicos. Tanto por su
valor de teofanía “donde se manifiesta el dios” como por el poder
energético que le aporta la fe de los miles y miles de peregrinos que
acuden a estos lugares buscando curación, buscando el milagro,
buscando la renovación de su fe.
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Lo que define al
lugar sagrado es su valor dentro de una doctrina religiosa, es
el lugar donde se va a encontrar o estar más cerca del dios
externo, el lugar donde, por tanto, es más posible que la
petición sea escuchada y atendida, donde se va a orar, a pedir,
a cumplir, a reconocer una realidad más grande y amplia que uno
mismo, una fuerza externa y más poderosa que aquel que adora.
Por ello, entrar en el lugar sagrado transforma de acuerdo al
grado de fe y a los conceptos intelectuales del que a él acude.
El lugar de poder es lugar donde
es más fácil encontrar al dios interior, donde la experiencia
transformadora no depende de la fe o de las ideas previas, sino
del grado de apertura física para la recepción de la energía
del lugar. No es preciso una sensibilidad especial, sino
relajación y confianza. Es el lugar donde descubrir que todo
poder, toda fuerza ya están dentro de ti. Han existido en tu
interior desde siempre. El lugar de poder es el lugar donde la
experiencia, si vivida, da el conocimiento que el milagro está
dentro de ti, el logro está dentro de ti, que la brizna divina,
la chispa creadora está en tu interior esperando para ser
descubierta o recordada, para ser utilizada, para ser llevada a
su plena expresión, para transformar la vida del que la
experimenta y convertirlo en un ser más humano, más abierto,
mejor. |
¿Lugar sagrado, lugar
de poder? ¿Por qué no ambas cosas? Creyentes católicos o no,
Lourdes debe ser conocido, no sólo como un santuario de
peregrinación, sino también como un lugar donde se unen la cueva de
la aparición, el árbol sagrado, la fuente de agua que limpia y la
gran fuerza femenina que no juzga, que da amor y no pide nada a
cambio, es un lugar que debe ser conocido y experimentado no desde el
intelecto, sino desde la energía más sutil que sólo puede
percibirse desde lo más profundo del corazón.
Ángel García
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