¿Puedes repetir lo que dijiste después de... escucha con atención?

Puedes repetir lo que dijiste después de "Escucha con atención? ¿Les suena esta frase? ¿Cuántas veces la hemos pensado? Pero, ¡Qué pocas veces nos hemos atrevido a pronunciarla!. ¿Recuerdan la última vez que percibieron que no les prestaron la atención debida? ¿Recuerdan aquella oración que ustedes no estuvieron a la altura de las circunstancias por no haber escuchado atentamente?. La comunicación, más bien, la incomunicación disfrazada de comunicación es una de las situaciones más comunes en la existencia humana.

Sabemos que los hombres somos seres sociales, “animales políticos”, en expresión de Aristóteles. Tenemos, desde que nacemos y seguramente desde mucho antes, necesidad de comunicar y compartir. Compartir conocimientos, compartir experiencias vitales, compartir sentimientos, compartir emociones. Pero parece que nuestro mundo actual no ayuda mucho en esta tarea. Vivimos en un mundo altamente tecnificado en el cual son precisamente la tecnología de las telecomunicaciones la que más ha avanzado. Parece una paradoja, y quizá lo sea. Pero vivimos en una sociedad cuyo paradigma es la tecnología de la comunicación y su problema es el de la incomunicación. Podríamos pensar en esta aparente paradoja.

Teléfonos móviles a través de los cuales podemos localizar y estar localizables en cualquier instante (ventaja o esclavitud, esta sería la cuestión de otro articulo); mensajes de texto en el teléfono móvil; conexiones a Internet que permiten la conexión a través de la red a millones de personas a través de chats, mesengers, webcams, videoconferencias y todo lo que la tecnología actual y futura permite y va a permitir. Pero la soledad es una realidad. Me atrevería a decir que las personas se encuentran cada día más solas. ¿Cuál es la razón?

Creo que hemos confundido la comunicación con la tecnología. La tecnología, los móviles, Internet… todo ello es muy saludable. No es mi intención hacer una apología del buen salvaje. Dejemos el elogio a Rousseau que bien merece tal honor. No se puede ni debemos desear volver a una sociedad pretecnológica en la cual las personas supuestamente hablaban, se contaban historias, se explicaban su vida. Quizá incluso se comunicasen. Porque la comunicación es toda otra cosa. Comunicarse no es estar todo el dia hablando con otras personas a través de lo que la tecnología nos permite; no es estar todo el día disponible. Comunicarse es una actitud. Es una actitud de una persona ante si mismo y ante las otras personas.

La comunicación necesita de una actitud de apertura ante uno mismo y ante los demás. Comunicarse bien implica el saber estar con uno mismo. Implica el saber comunicarse. Saber lo que uno quiere, lo que uno no desea, lo que uno es, en definiti-va. Conlleva acallar el ruido mental, la contaminación de pensamientos para poder saber quiénes somos. Este silencio necesario en uno mismo es lo que nos llevará a la escucha del otro y, en definitiva, a la comunicación. Porque comunicarse con las otras personas es una actitud. Es silenciarse a uno mismo para poder escuchar al otro en toda su profundidad y complejidad. Se trata de escuchar con los cinco sentidos y con el corazón. ¿Cuántas veces hacemos esto? ¿Cuántas veces cuando la otra persona nos está intentando comunicar algo, estamos pensando en otra cosa? ¿Quizá estemos pensando ya en la respuesta –brillante, por supuesto- que inmediatamente le vamos a dar? ¿Nos interesa más lo que nos dice o lo que le vamos a responder? ¿es una situación que les resulta familiar? ¿O les es ajena a su vida?

Sólo podemos escuchar si tenemos una actitud de apertura total hacia la otra persona. Escuchamos –no oímos- con todo nuestro ser. No pensamos en la respuesta que le vamos a dar, porque quizá la otra persona no espere respuesta, quizá sólo espere compartir. No juzgamos. Escuchar y juzgar son incompatibles e incongruentes. Quien escucha de esta forma no evalúa lo que le expresa la otra persona. No la juzga, sólo escucha. No hace falta que la otra persona le pida discreción, que no cuente a nadie lo que le ha relatado, porque sabe que no lo hará, que no cotilleará. Porque el cotilleo es un atentado a la confianza. Y quienes nos comparten trozos de su vida, de sus pensamientos, de sus ilusiones y de sus sentimientos, merecen todo nuestro respeto, confianza y estima. Una comunicación de esta forma es necesaria, diría que imprescindible entre seres humanos. Y este es un problema de nuestro tiempo. Estamos huérfanos de este tipo de relaciones. La interacción entre seres humanos se ha vuelto tecnológicamente muy sofisticada pero humanamente muy pobre. Escuchamos para que nos escuchen, oímos para juzgar o cotillear lo que oímos. Triste panorama. Pero creo que una comunicación total es posible y evidentemente, deseable. Una comunicación que se puede dar de muchas formas posibles; cara a cara, por teléfono, incluso a través de la red, de Internet. Lo importante no es la forma, es la calidad del compartir.

Evidentemente me dirán que toda comunicación cara a cara siempre es más efectiva porque conlleva comunicación verbal y no verbal. Porque podemos leer en la cara y en los gestos de esa persona. Implica menos riesgos que la comunicación que podríamos llamar virtual. Seguramente es así, pero no necesariamente. Podemos engañar y ser engañados presencial o virtualmente. Podemos tener a un inter-locutor delante y simular que escuchamos pero tenemos perdido el pensamiento en otra cosa; podemos simular escuchar y estar pensando ya una respuesta, o estar evaluando o juzgando. Escuchar es mantenerse callado y a la espera. Cuando nuestro interlocutor calla podemos preguntarle si desea nuestro consejo, nuestra opinión. Porque no siempre es así. ¿Cuántas veces necesitamos emitir un mensaje pero no recibir un consejo?

El que escucha debe saber mantenerse en silencio, en actitud abierta y esperar. Y esa escucha y esa espera es lo más difícil, porque lo que se desea es intervenir. Meter baza, lo que se desea es, en definitiva, imponer nuestro criterio y nuestra opinión a quién quizá no nos lo ha pedido. A quien sólo deseaba ser escuchado, compartir un pensamiento, un sentimiento o una emoción. Y tanto da que el que escucha sea el psicólogo o el terapeuta al cliente, el psiquiatra o el médico al paciente, el profesor al alumno, el cura al creyente, los padres al hijo o el amigo a su amigo. La actitud de escucha debería ser la misma, una escucha en el silencio, con todo nuestro ser, para que no tengamos que pensar en nuestra frase inicial: ¿Puedes repetir lo que dijiste después de "Escucha con atención?.

Escúchense, para terminar, mientras leen estos versos de J.L. Borges:

"No puedo darte soluciones para todos los problemas de la vida. 
Ni tengo respuestas para tus dudas o temores. 
Pero puedo escucharte y buscarlas junto contigo”.


M. Merçe Ríos Figuerola es licenciada en Filosofía y Letras, especialidad en Historia  por la Universidad de Barcelona. Licenciada en Psicología por la Universidad de Barcelona. 

Profesora de Psicologia y Filosofia. Secretaria de la Fundación Privada Educalia Mundi.

Trabaja como voluntaria social con personas enfermas en Salud y Desarrollo Personal

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