205 Cátaros fueron quemados para aniquilar la herejía

El papa Inocencio III pone fin a dos siglos de disidencia religiosa con una cruzada sangrienta.

Nueva religión o herejía, lo cierto es que el catarismo se expandió rápidamente por el sur de Francia como respuesta a la corrupción reinante en el clero durante aquella época. Sólo el poder de las armas y el interés político pudieron acallar las voces de los dirigentes cátaros. 

Una de las herejías medievales que más adeptos consiguió atraer fue la de los cátaros. Su origen se encuentra en Bulgaria, en la secta de los bogomilos. Ya en 1163 se menciona a la herejía en el Concilio de Tours. 

La herejía cátara se basa en el dualismo, en una concepción maniquea de la religión. Según ellos existían dos principios supremos: el del Bien, creador del espíritu, y el del Mal, creador de la materia. Dentro de los cátaros había dos estadios. El de los perfectos, que habían recibido el espíritu, y el de los creyentes, que aún no lo habían hecho. Los perfectos no poseían bienes propios ni relación sexual alguna. Se abstenían de tomar productos lácteos y de comer carne, ya que los animales podían ser cuerpos para la reencarnación. 

Por su parte, los creyentes esperaban, por lo menos, recibir el espíritu antes de la muerte. Tenían unos preceptos más relajados, ya que podían practicar el sexo y contraer matrimonio, si bien sostenían que era preferible el amor libre al matrimonio, porque este institucionalizaba la relación  sexual. Podían comer carne y tener bienes propios. 

La principal herejía cátara en relación a Cristo era que no lo consideraron Dios, sino un enviado para enseñar a los hombres el valor del espíritu y el camino de la salvación. Es decir, su misión fue didáctica, no expiatoria. El cuerpo de Cristo era sólo fantasmal, por lo que no sufrió ni murió en la Cruz. Todo era simbólico. Los cátaros renunciaron a la Iglesia católica y a sus sacramentos porque les parecía que todo ello era una puesta en escena magnificada, una especie de comedia. 

El acto fundamental de la religión cátara (para algunos historiadores el corpus cátaro era una religión en sí misma, no una simple herejía) era el Consolamentum. Consistía en la imposición de manos de un perfecto, en virtud de la cual el creyente alcanzaba aquel grado. Pero no todos los creyentes se sentían con fuerzas para llevar la vida tan austera y radical de los perfectos, por esa razón muchos retrasaban el Consolamentum hasta momentos antes de la muerte. El propio Raimundo VI, conde de Toulouse (1194-1222), llevaba consigo constantemente a varios perfectos para que, en caso de muerte, pudiera recibir la imposición de manos. 

Circunstancias geopolíticas hicieron del Languedoc, sur de Francia, la tierra propicia para que la semilla cátara germinase de forma fructífera. En primer lugar, el poder del rey aún no llegaba a esa zona, debido a la atomización feudal del país. La región era un oasis independiente con el poder del rey francés al norte, los ingleses al oeste, Aragón al sur y el Sacro imperio al este.

En segundo lugar, los modos de vida poco ejemplares de los dignatarios de la Iglesia no hacían sino favorecer el auge herético. Tampoco hay que olvidar, en tercer lugar, una serie de factores sociales y económicos. Así la nobleza, deseosa de mantener su independencia de los poderes civiles y religiosos pronto se adhirió al catarismo. La burguesía mercantil vio en esta nueva religión el modo de justificar los préstamos y el interés, que la Iglesia criticaba y perseguía. Por último, los campesinos abrazaron la herejía porque suponía olvidar el pago del diezmo, como prescribe la Iglesia.

En un primer momento, la Santa Sede trató de neutralizar la herejía por métodos pacíficos. Comenzaba así el periodo denominado de las misiones y coloquios, que iría de 1177 a 1208. Se trataba de contrarrestar las enseñanzas de los perfectos a base de predicaciones y cambios en el modo de vida de los religiosos. Pero el asesinato del legado pontificio Pedro de Castelnau en 1208 da fin a este periodo pacífico. Fue el detonante para que el papa Inocencio III proclamara la cruzada para reducir a los Cátaros.

Un poderoso ejército, en su mayoría francés, descendió del norte al mando de Simón de Monfort. La campaña fue larga, sangrienta y pronto derivó en una contienda política. Sólo en el saqueo de Beziers murieron 17.000 personas. Pedro II, el Católico de Aragón apoyó a los cátaros. El reino hispánico era un ancestral enemigo de Francia y se adhería a todas las causas que pudieran debilitarla. A pesar de todo, la batalla de Muret en 1213, donde murió el rey aragonés, supuso la caída de Toulouse. 

Más adelante, Raimundo VI recompuso sus fuerzas y volvió a contar con tropas prestadas por Aragón. En este caso, el valedor de los cátaros sería el hijo de Pedro II, Jaime I el Conquistador. Toulouse sería recuperada para la causa cátara 

 

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