Acacias, antílopes y empatía.

¡No entiendo a esa persona! ¿Cómo ha podido hacer esto? ¿Por qué? ¿Qué le habré hecho yo? Intentar entender las acciones de las otras personas no es sencillo. Intentar comprender las emociones y sentimientos ajenos quizá aún lo sea menos. La empatía es la capacidad que tenemos los humanos de ponernos en el lugar de otra persona. Se considera que es una capacidad humana, la de entristecernos cuando otra persona está triste, la de alegrarnos cuando está contenta. En definitiva, la de poder sentir lo que siente otro ser humano.

¿Capacidad Humana? Parece que no la tenemos en exclusiva. En la naturaleza es una cualidad presente. Y quizá este ejemplo nos pueda ayudar a comprender. Se trata del “comportamiento” de las acacias y los antílopes. Las acacias, uno de los árboles habituales en nuestros jardines, son originarias de África. Son árboles bellos y majestuosos, que suelen rebasar los 3 metros de altura y llegan incluso a los 8 metros. Se caracterizan por su frondosidad, colorido y sus espinas que recubren sus ramas. Precisamente por estas espinas reciben el nombre de acacia, del griego “akis”, que significa punta. Habituales en terrenos secos y áridos, tienen una especial relación con los antílopes en su continente originario.

Fíjense, las acacias son unos árboles que cuando reciben agresiones, heridas, mordeduras de animales… empiezan a fabricar una sustancia tóxica que les sirve para defenderse de estos herbívoros que los depredan. Estudios de zoólogos han demostrado que cuando un antílope come hojas de acacia, siempre come pocas. Se observó que un antílope nunca come demasiadas hojas del mismo árbol. Va comiendo pocas hojas pero de muchos árboles distintos y distantes entre si. ¿Por qué este comportamiento un tanto extraño del antílope? ¿Qué percibe? Se trata, argumentan los científicos de evitar comer esa sustancia tóxica que segregan las acacias cuando se sienten agredidas, la tenina. Sustancia que el árbol empieza a sintetizar cuando percibe la agresión del antílope. Se trata de no envenenarse.

Hasta aquí, podríamos argumentar, nada hay de espectacular. Nada que nos recuerde qué es la empatía. Pero los científicos, intrigados, siguieron observando. Los antílopes, cuando habían comido unas hojas de una acacia y la dejaban para ir a comer hojas de otro árbol, se marchaban siempre lejos, muy lejos. No ingerían las hojas de las acacias vecinas. ¿Por qué este comportamiento? ¿Casualidad? Todo buen científico, zoólogo o botánico sabe que los seres vivos no actúan por casualidad. Hay en toda la naturaleza un principio general: el de la supervivencia. ¿Podía ser que los árboles se explicasen lo que estaba pasando? ¿Podría ser que las acacias se contasen que estaban siendo agredidas?

 

Los antílopes, como la mayor parte de fuerzas de la naturaleza, no se equivocaban. Los científicos comprobaron que cuando la acacia sufría una agresión por parte del antílope, todas las acacias de su alrededor empezaban a fabricar teninos, aunque ellas no hubieran sufrido directamente agresión. Como si de alguna forma hubieses percibido que había un peligro real de recibir una agresión, se protegían. Pero, desde un punto de vista humano, quizá nos preguntemos, ¿Cómo lo saben? ¿Cómo percibe un árbol que otro árbol está siendo agredido por un herbívoro? Lo primero que supusieron y comprobaron los científicos es un contacto entre árboles a través de sus raíces. Imagino que ya lo suponen: entre sus raíces no había contacto. O al menos un contacto físico… ¿Cómo, entonces la acacia agredida transmitía la información hacia los otros árboles?

Se comprobó con sorpresa que las acacias fabricaban una segunda sustancia, el etileno. El etileno es como una especie de hormona universal en el mundo vegetal, volátil, que la planta puede liberar en el aire. El viento la transporta de un lugar a otro, de un árbol a otro. El etileno, ¿podía ser la hormona de la empatía en los vegetales?, ¿aquella sustancia que hacía que una planta pudiese estar informada de una posible agresión cuando una planta próxima la estaba sufriendo?

Todo parece indicar que si. Fíjense en el detalle que sigue que es el más esclarecedor. Los estudios demostraron que cuando los antílopes habían comido hojas de una acacia y buscaban más comida, siempre lo hacían en dirección contraria al viento. Donde la brisa no podía haber trasportado la hormona del etileno. Pero aún hay más. En los antílopes en cautividad, en reservas o en estos espantosos zoológicos donde los tienen encerrados, cuando las acacias quedaban restringidas a un espacio muy reducido y, por tanto, empáticas entre si, los antílopes preferían dejarse morir de hambre antes de comer hojas de acacia. “Saben” que los árboles se han comunicado la agresión, “saben” que sus hojas ya no serán comestibles para ellos.

En definitiva, dejando a un lado las complejas y extraordinarias estrategias que parecen conducir la vida de antílopes y acacias, este hecho nos puede llevar a la reflexión, que es de lo que se trata. ¿Cómo sopla el viento entre los seres humanos? O quizá mejor preguntemos, ¿sopla?. A veces se tiene la sensación que el viento no sopla lo suficientemente fuerte. A veces se tiene la sensación que no nos llega el mensaje de aquellos que son maltratados, de aquellos que sufren, de aquellos que necesitan de una caricia, de una sonrisa, de una mano amiga, de un abrazo. De aquellos que están cerca nuestro. No vemos porque no miramos, no oímos porque no escuchamos, no sentimos porque no atendemos. No nos llega la brisa de la injusticia. Empatía. Y la empatía es, seguramente, más importante de lo que llegamos a pensar en el día a día. Porque es lo único que nos puede evitar ser comidos por los antílopes, o quizá por nuestros propios congéneres.


M. Merçe Ríos Figuerola es licenciada en Filosofía y Letras, especialidad en Historia  por la Universidad de Barcelona. Licenciada en Psicología por la Universidad de Barcelona. 

Profesora de Psicologia y Filosofia. Secretaria de la Fundación Educalia Mundi

Trabaja como voluntaria social con personas enfermas en Salud y Desarrollo Personal

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