Armenia tan cerca y tan lejos

En ocasiones, los lugares más sorprendentes están mucho más cerca de lo que nos imaginamos. Este es el caso de Armenia, que estando apenas a 4,30 horas de avión –apenas una hora más que Canarias- es una gran desconocida que se desvela poco a poco.

Este pasado mes de agosto en el viaje que cada año realizamos los amigos de Salud y Desarrollo Personal hemos tenido la oportunidad de descubrir un país en que en este momento apenas es visitado por 40 españoles al año. ¿Cuál es la razón de este desconocimiento? Quizás es que está demasiado cerca y que, aparentemente, no es suficientemente exótico. No lo sé, pero lo cierto es que todos tuvimos que buscar en un atlas para saber donde se encontraba.

Armenia es un país acogedor, tranquilo y lleno de hermosos rincones. Montañoso, desde los 900 a los 4000 metros sobre el nivel del mar, cada valle encierra un paisaje diferente. Llegando de España no sabías si estabas en Suiza o en Asturias por la abundancia de la vegetación y lo encrespado de las montañas. Pero, en otros momentos, recorrimos mesetas con grandes campos de cultivo o visitamos la zona vinícola de Arení. En un país del tamaño de Bélgica, la diversidad de paisajes y la belleza de sus vistas, nos dejó gratamente impresionados.

El gran atractivo de Armenía son sus gentes, acogedoras y cordiales e infinitamente respetuosas y educadas. Y por supuesto sus iglesias. Durante más de mil años desde el siglo III al XVI se desarrolló una auténtica pasión por la arquitectura que dio sus frutos en un estilo propio, anterior y más complejo que el románico europeo, con maravillas como el monasterio deTatev, inmersas siempre en lugares escarpados y de una belleza natural intacta y salvaje. Cada visita ha sido un descubrimiento y un goce.

Nuestro viaje empezó en Yerevan, la capital, una mezcla de ciudad centroeuropea con toques soviéticos y un pujante afán de incorporarse al siglo XXI. Así los grandes bulevares llenos de añosos árboles, se mezclan con oscuros edificios del XIX y los nuevos edificios con modernas tiendas de las mejores marcas. Desde nuestro hotel en un histórico edificio en la misma Plaza de la República –el corazón de la ciudad- veíamos pasar los paseantes cada tarde al caer el sol para contemplar las fuentes que bailaban en un espectáculo de luz y color. Yerevan es una ciudad para caminar, observar y disfrutar de las esculturas en la calle, de las terrazas de sus cafés, de sus restaurantes y observar como la tarde va cayendo despacio. Una autentica delicia.

Pero no todo es pasear, sería una lástima no visitar sus museos con incunables, piezas arqueológicas y obras de arte dignas de cualquier otro museo europeo de renombre.

Y cuando sales de la capital, a apenas 20 min. en coche, bellezas como la catedral de Echmiadzin, edificada en el siglo III, donde pudimos disfrutar no sólo de sus impresionantes edificios mantenidos y mejorados durante mil quinientos años, sino también de un servicio de la Iglesia Evangélica Armenia –separada de Roma ya en el tercer concilio, llena de brillo, devoción auténtica y belleza. Las bellísimas voces del coro nos dejaron aquí como en otras iglesias grandes o humildes una profunda impresión de fe y tradición inmersa en la historia.

Y de allí hacia las montañas para visitar Khor-Virap, un pequeño monasterio sobre un colina que permite divisar la inmensa altura del monte Ararat, donde según la Biblia, Noé salió del arca tras el Diluvio. Su altura y majestuosidad lo hacen perfectamente posible. Y de allí, hacia el sur, hacia las montañas donde se oculta Tapev, patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Posiblemente es uno de los más singulares y hermosos lugares de Armenia. Al borde mismo de un inmenso barranco, sus dimensiones, su situación excepcional, lo hacen una experiencia inolvidable. Tuvimos la suerte de poder llegar allí en el nuevo teleférico –el más largo de Europa. 

Y de nuevo a Erevan, camino de Garni, un templo greco-romano conservado intacto donde pudimos disfrutar de un concierto privado de canto armenio dentro del mismo templo. Y conocer Geghard, otro monasterio Patrimonio Mundial de la UNESCO. Al día siguiente camino del norte, pudimos visitar el cañón de Qasagh y disfrutar de un extenso y reposado almuerzo en la hermosa casa de un artista local, charlando en sus cuidados jardines, al borde mismo del cañón.

Porque la comida armenia es uno de sus más importantes atractivos. Sencilla, basada en unos ingredientes fresquísimos y realizada en el momento. Pan sin levadura (lavash), quesos curados, ensaladas con hierbas aromáticas, cremas de berenjenas, verduras asadas, crean una cocina mezcla del Mediterráneo y Oriente Medio. Y, por supuesto, acabando siempre con su excelente y muy sabrosa sandía.

Y ya en el Norte pudimos visitar otros importantes lugares como la alineación megalítica, desde donde se realizaban estudios astronómicos y astrológicos más 5.000 atrás. O los monasterios de Kecharis y Goshavank y el lago Sevan. 

Y antes de volver a casa, de nuevo en Yerevan, pudimos visitar la única mezquita azul de Europa y el típico mercadillo de Vernisage donde turistas y locales se mezclan en busca de gangas, recuerdos, joyas, artesanía, en una mezcolanza donde, como siempre en Armenia, las voces son bajas y educadas y nunca oyes a nadie gritar o hablar alto. 

Un último paseo hasta la Opera, hasta la Cascade con sus esculturas al aire libre, las ultimas compras de libros y recuerdos y ya estamos lista para volver. Pero una parte de nuestro corazón se queda en esta ciudad y este país ahora ya no desconocido, sino por el contrario, muy querido.

Ángel García

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