Autoestima

La primera regla en el arte de amar es respetarse a uno mismo. Muchas personas, sobre todo, mujeres, por no saber decir no, renuncian a sus deseos y pierden confianza. Estas líneas te invitan a defender tu voluntad.

Una mujer occidental pasea por las populosas calles de Tokio. A medida que avanza siente, involuntariamente, una gran seguridad en sí misma. Se detiene, observa a su alrededor... y ríe abiertamente; allí todos los hombres tienen una estatura inferior a la suya, de modo que los puede contemplar desde arriba, del mismo modo que ellos hacen con las mujeres. Esta es sólo una anécdota acerca de los motivos que originan la carencia de afecto hacia uno mismo -especialmente en las mujeres- y de los procedimientos que permiten alcanzar una propia imagen satisfactoria.

El fenómeno no es sólo individual, sino social, pues parte del supuesto que la falta de autoestima la sufre todo aquel que es víctima de alguna discriminación, ya sea étnica, social, económica, geográfica o sexual. El que detenta el poder suele dejar al otro sin fuerza moral con la que oponerse por el sencillo procedimiento de convencerle de que es inferior. Y para ello no duda en hacer uso de todos los recursos a su alcance, desde la burda agresión física hasta la eficaz y refinada violencia psicológica. Cuando alguien se considera inferior le consume el temor al fracaso y al ridículo, no se siente en situación de igualdad... y suda. Por desgracia, aún muchas personas temen estar equivocadas mientras actúan, y cualquier pretexto las convence de su escasa valía. Esa falta de seguridad y de confianza en ellas mismas se convierte en su peor enemigo trasformándolas en perdedoras. Reflexiones del tipo “esto no resultará... no puedo... jamás podré cambiar... para eso debería ser más delgada (o más eficiente, o más avispada) ¿y si fracaso?... ¿y si me rechazan?... ¿y si él se enfada? es demasiado esfuerzo...», son recurrentes y muy comunes en las mentes de muchas mujeres.

Hay razones por las que han arrastrado una endémica falta de autoestima. Razones como la educación; ya desde la primera infancia se tiende a separar drásticamente y para siempre los principios de lo masculino y lo femenino, al sobrevalorar la afectividad en la niña frente a la autodeterminación en el niño, propiciando con ello un distinto desarrollo y, a la larga, una sensación de constante precariedad en la mujer. Pero no olvidemos que existen otras muchas razones: culturales, económicas, religiosas, pseudocientíficas... todas ellas para justificar una situación de dominio que ha convencido al mundo durante siglos de una supuesta inferioridad que jamás ha podido ser demostrada, pero que ha hecho mella en las mentes y en los cuerpos de las mujeres.

DUDAS

No es difícil detectar, incluso en aquellas mujeres con fuerte proyección de futuro y que alcanzan altas cotas profesionales y sociales (cualidades que bastarían a cualquier hombre para ser poseedor de sobrada valoración de sí mismo), la influencia de una falta de autoestima: ansiedad, sensación de abandono, depresión o un exceso de cólera demasiado frecuente, entrega excesiva al trabajo, necesidad de aprobación ajena... Existe en muchas mujeres de hoy, por ejemplo, la necesidad angustiosa de demostrar sobradamente su capacidad. Esta necesidad de estar disponible siempre para los demás, las coloca entre la espada y la pared cada vez que han de tomar una decisión en la que sus deseos se ven enfrentados a los de las personas que les importan. Evitar en todo momento esta trampa no significa cerrarse a los sentimientos de los demás, sino evaluar los sentimientos propios y tratarlos con tanto cuidado como a los ajenos.

ELLA NUNCA DICE NO

Una historia reveladora: “Una chica que se crió, siendo la mayor, en una familia de seis hermanos; el padre era muy autoritario y la madre temía disgustarle, de modo que siempre le daba la razón, incluso cuando su actitud era injusta. La infancia y adolescencia de esta muchacha estuvieron marcadas por la represión, el temor y la responsabilidad de sus hermanos menores, por los que desarrolló un sentimiento de hiperprotección. Más tarde, su vida sentimental fue un desastre tras otro, ya que no era capaz de negarse a los deseos del hombre con quien iniciara una relación amorosa por el temor constante a que éste la abandonara, de modo que no se planteaba siquiera cuáles eran sus verdaderos deseos. Esta situación llegó al punto de que su vida sexual se convirtió en una obsesión que no parecía tener salida”. Se trata de un caso extremo, pero la cruda realidad es que el miedo a perder al ser amado es uno de los motivos principales que hace a una mujer sentirse insegura. La otra cara de la misma moneda es la necesidad de muchas mujeres por alcanzar a toda

costa al hombre de su vida. La «búsqueda condicionada del amor verdadero», que puede dilatarse toda la existencia, obligando a la mujer a poner en ello toda su energía emocional y privándola de otras satisfacciones o de realizarse en otras parcelas de la realidad.

La falta de autoestima se refleja sobremanera en lo que se refiere a su propio cuerpo. Es difícil encontrar mujeres que estén contentas con él y con su imagen, hasta el punto de que ésta les aporte, y no les reste, seguridad. Sin embargo, y paradójicamente, los hombres en general está más satisfechos con su físico (el 75 por ciento frente al 45 por ciento de mujeres). Es más, ellos tienden a idealizar sus cuerpos; ellas, a menospreciarlo. La imagen física representa una tiranía para muchas mujeres. Factores humanos como la obesidad, la menopausia, la vejez o, simplemente, el desarrollo en la pubertad son causa de enorme sufrimiento en muchas mujeres, y fuente de continua inseguridad y falta de amor hacia ellas mismas.

EL OFICIO DE VIVIR

Según una reciente encuesta realizada en Gran Bretaña, el 90 por ciento de las mujeres interrogadas -todas ellas trabajadoras y profesionales- declaraban estar extenuadas. Este es uno de los puntos claves que confirman la baja autovaloración que, por lo general, sigue padeciendo la mujer: la dificultad para complacerse a si misma y, por ende, el situarse en último lugar en la lista de necesidades, en muchos casos movidas por la llamada trampa de la compasión, un lazo en el que caen las personas que creen existir sólo para el servicio de otros. Con demasiada frecuencia las mujeres se angustian ante la decisión de decir no. La sola idea de contrariar a la otra persona les parece egoísta e imperdonable. En el aspecto familiar, asumiendo las tareas en lugar de exigir que sean compartidas; en el profesional, aceptando más trabajo del contratado e incluso tareas que nada tienen que ver con el oficio; en el ámbito social, haciendo demasiados favores en aras de una amistad que llega a hacerse discutible...

SÉ QUE VALGO

Contra esto sólo hay un recurso: la fuerza que emerge del yo interior. Mucho se ha escrito acerca de este poder de la mente que mueve la voluntad hacia el éxito en cualquier acción que emprendamos. La autoestima puede adquirirse en la infancia, si los niños se sientan satisfechos y seguros de su entorno y consigo mismos. Pero, también puede adquirirse en la edad adulta, a través de la superación personal y la autoestima. Sólo así se puede comunicar seguridad al propio cuerpo y sentirse una persona hermosa de dentro a fuera, dando el valor debido la sexualidad, al tacto, a la respiración y al propio pensamiento. Se trata, en definitiva, de ser libre interiormente y de sentirse un persona orgullosa de ella misma.

Sólo la autoestima puede vencer a la vejez, al error, al defecto físico, a la enfermedad, al insulto o a cualquier cosa que pueda remover los pilares de nuestra identidad. Un comentario ajeno del tipo “pareces cansada”, “¿ya no te arreglas?”, “¿quién te ha enseñado a aparcar?”, no pueden hacernos vulnerables, obligándonos a dudar de nosotros mismos. La mente es una fuerza muy poderosa, saber lo que queremos y otorgar un sentido afirmativo a nuestra vida es suficiente para dar empuje a todas las demás potencias de la personalidad. A finales de los noventa, éste es un mensaje trascendental para toda persona, pero sobre todo, para la mujer, un mensaje cargado de individualismo que va más allá del feminismo tradicional, y que pretende contrarrestar las presiones a las que se ve sometida; por un lado, rémoras psicológicas del pasado que aún le afectan desde su condición femenina, y por otro, las tensiones y obligaciones del mundo de hoy. En la sociedad del self- service, la explotación de la propia fuerza interior es nuestro mejor instrumento de mejora.


 

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