Codicia, crisis y contención

Un factor determinante que explica la crisis de la economía mundial no se encuentra precisamente en los libros de economía. Se podría encontrar en la psicología y quizá, más exactamente, en la Psicología Social. En el fondo, esta crisis que ya lleva instalada en el planeta varios años y que todos sufrimos, es consecuencia del deseo humano de tener más, de incrementar sus capitales, sus posesiones. La conocida frase: “Tanto tienes, tanto vales. Nada tienes, nada vales” puede ser la que mejor resuma la causa última y de fondo de esta crisis. 

El deseo de posesión parece no tener límites. La vanidad, la ostentación, el deseo de mostrar que se es más que los demás. El no me importa lo que les pase a los demás o al planeta mismo, pues lo único que me importa es como yo acumulo una mayor riqueza. Estas son las verdaderas causas, las causas de fondo de toda esta crisis que sufrimos. Por ello, en esta fase, la crisis golpea donde más duele: en el consumo. Muchos doctores de la economía mundial dicen que mientras no se reactive el consumo, la crisis se profundizará, pero no se dan cuenta que ha sido esto precisamente lo que engendró la crisis y, por lo tanto, el remedio que nos proponen, ante un consumismo desmesurado consumir más, es como querer curar un alcohólico dándole más alcohol.

El irrefrenable deseo de posesión sin límites, llevó a los poderosos a deificar al mercado financiero, a la economía, al dinero, considerándolo como el único dios verdadero. Convirtiendo al Estado en un vasallo a su servicio, cuyo mejor rol era intervenir lo menos posible en las reglas que el dios financiero dictaba. El mercado financiero era una categoría perfecta que no admitía errores y cuando estos se producían el mismo mercado se encargaba de corregirlos.

Es este deseo irrefrenable de consumo y de tener más lo que nos ha llevado a la actual situación de crisis. Hace unas décadas el gran deseo de posesión de las naciones pasaba por convertir en colonias a los países subdesarrollados y de esta forma expoliar todas sus riquezas naturales. Luego esto se hizo en nombre de la civilización, el progreso y la globalización. La economía se impuso en el mundo, el capitalismo sustituyó a la democracia, el poder del Estado se redujo al mínimo, mientras el neoliberalismo reinó en todos los orbes.

Por tanto, esta crisis expresa sin lugar a dudas, el rotundo fracaso del modelo capitalista. Que al mismo tiempo creó la más grande desigualdad económica entre un puñado de multimillonarios, mientras cientos de millones de seres humanos se debaten en la pobreza. Según informes del PNUD los ingresos de los quinientos millonarios más grandes del mundo supera los ingresos de más de 416 millones de personas de los más pobres. Así tenemos que mientras en África millones mueren de hambre, en el otro extremo del planeta hay quien se compra un automóvil de gran serie valorado casi un millón de euros.

Otro elemento a considerar, es que el alto nivel de consumo en los países del primer mundo es ecológicamente insostenible. El planeta no puede soportar el alto nivel de depredación que significa mantener los estándares de vida en los países desarrollados. Solo los Estados Unidos de América consume el 30% de los recursos del planeta, cuando solo tiene el 5% de la población mundial. Por ello a esta crisis económica hay que agregar los efectos del calentamiento global, que gradualmente, pero cada vez con más fuerza, se van sintiendo en todo el mundo. Esta es otra crisis que en forma paralela se nos instala, sin que tampoco sepamos a ciencia cierta cual es su verdadera profundidad y sus reales consecuencias a corto y medio plazo.

Las medidas para resolver la crisis que se están tomando en los países desarrollados aún preocupan mucho más  por varias razones. En primer lugar, por su alto costo financiero. En segundo lugar, porque nadie sabe el efecto que realmente producirán, puede ser que le estén echando más gasolina al incendio. En tercer lugar, porque van destinadas a salvar las grandes instituciones financieras, pensando que el derrame resolverá casi en forma automática los problemas

de la agobiada clase media de estos países. Pero, hasta hoy no se ha evaluado con seriedad y rigor científico las verdaderas causas que generaron la crisis. Mucho menos hay propuestas de solución que las enfrenten. En el mejor de los casos están enfrentando los efectos, pero no las causas.

Esta crisis debería ser la oportunidad que permita encontrar los nuevos paradigmas del desarrollo sostenible con equidad, aunque esto suponga el tener que acostumbrarse a una nueva forma de vivir. Esto último no deja de ser un gran problema, pues es aquí cuando lo económico toca con lo humano. Esta nueva forma de vivir más acorde con los tiempos requiere de sacrificios para la reconsideración y transformación de las conductas, del consumismo y la vanidad a un nuevo sentido de perfección humana.

La crisis económica nos obligará a adaptarnos a nuevas situaciones, como en parte ya está sucediendo hoy, incluso a pesar de que todo tiende a apuntar a una recuperación. Ante un mundo en crisis se impone el contenernos, el limitarnos y acomodarnos ante las evidentes y reales escaseces. El ahorrar se impone al consumir, la prosperidad al malgastar, la contención a la vanidad del aparentar. Sólo si el país, el mundo es capaz de acertar esta necesidad de moderación será que estaremos viviremos contentos. De hecho, el mundo nunca vivirá seguro y feliz si no aprende a estar contenido.

¿Qué esto es imposible? Ciertamente lo parece, pero si deseamos una economía sana, exenta de crisis y paro tendremos que aprender a ser menos vanidosos y resucitar las olvidadas tres mejores amigas del hombre: la Belleza, la Verdad y la Bondad. ¿Difícil tarea? Cierto. ¿Imposible? Las circunstancias obligan. Observar a vuestro alrededor: de la euforia del consumismo tendemos a una serena aceptación de la realidad, puesto que sólo de la contención, de la inteligente mesura, obtendremos la estabilidad económica y la seguridad.


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