Descubre tu poder sanador

Curar es algo que está al alcance de todos. Podemos hacerlo con la palabra, con un gesto amable, con una caricia, incluso simplemente con una mirada. Podemos curar es aún más fácil que herir. ¿Cuántas veces no hemos hecho daño sin querer?  Con todo aquello que hacemos y decimos, con lo que callamos, con lo que dejamos que pase al no intervenir, podemos curar con más facilidad que hacer daño. La razón es que todos los gestos y acciones son energía, que dirigida hacia otro ser humano puede ayudarle a mejorar y, en muchos casos, a curarse.

La energía curadora es como la luz, que es más poderosa y efectiva si se concentra. Un foco es más preciso que una bombilla, pero un láser es más preciso que un foco, ya que dirige toda la luz, toda la energía concentrada en un solo punto y eso le hace todopoderoso.

Todos podemos usar nuestra energía para ayudar a otra persona, pero al acabar de hacerlo podemos descubrir que nos sentimos cansados o desanimados. La razón es muy sencilla. Al dar energía al otro, nosotros nos privamos de ella. Le estamos dando nuestra propia energía. En ocasiones, incluso sin hacer nada conscientemente, podemos sentir que ciertas personas o lugares nos producen una sensación de fatiga y extenuación al estar en contacto con ellas. Experiencias de este tipo pueden hacer que personas que tienen de forma innata la capacidad de sanar no quieran saber nada de este tipo de práctica por qué al hacerla casi siempre se han sentido mal. 

Pero, sin saberlo, estamos haciendo algo incompleto, nos estamos olvidando del secreto básico del trabajo energético: no usar nunca nuestra energía, sino usar siempre la del Universo, la del entorno, la energía del cielo y la energía de la Tierra combinados. Al hacerlo así estamos convirtiendo nuestra energía personal –esa energía física y psicoemocional que usamos en las actividades de cada día- en un láser. Ya no es una energía limitada y difusa que se extiende a nuestro alrededor como el resplandor de una lámpara, sino un rayo preciso, un láser, que se dirige hacia donde es más necesario: la persona que recibe el tratamiento, la persona a quien estamos ayudando. 

¿Cómo podemos lograr el acceso a la fuente de la energía, al Cosmos? ¿Cómo podemos aprender el sistema, la técnica que nos facilite esa capacidad de conectarnos y desconectarnos de la fuente sin fin de la energía para poderla usar cuando nos sea necesario? Los libros en este punto son una gran inspiración, pero es la experiencia directa, la práctica la que nos permite el manejo de la energía con comodidad y sin fatiga. 

Es en el contacto con otras personas que hayan aprendido a dirigir su energía de una forma consciente donde podemos adquirir primero las nociones y luego con la práctica, la maestría en el manejo de la energía sanadora, no sólo para otros, sino también para nosotros mismos.

El dilema ya no es que para uno esté bien el otro debe dejar de estarlo. Al contrario, para ayudar a que una persona esté bien, primero debemos estar bien nosotros. Para poder dar energía al otro, primero debemos llenarnos de energía nosotros. Y así, mientras más ayudamos, más nos ayudamos. Mientras mejor está el otro, mejor estamos nosotros. De una forma práctica y directa. 

La transmisión de energía es un acto fraternal, una donación de los mejores sentimientos y vibraciones que poseemos. 

El uso consciente de la energía nos permite estar más activos, con mayor claridad mental, mejor estado físico y tranquilidad emocional con cada día de práctica. No sólo aliviamos a los que nos rodean de sus desequilibrios, sino que nos reforzamos de forma gradual y natural, transformándonos en personas más en armonía con todo lo que nos rodea.


Ángel Garcia

Licenciado en Filología, diplomado en Pedagogía por la Universidad de Barcelona.  Máster en Programación Neurolingüística por el Instituto de Programación Neurolisgüista de Londres (1993). Psicoterapeuta y consultor.

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