Di la verdad. di la dulce verdad.

Este viejo aforismo atribuido a Manu, el primer legislador que dio leyes a la humanidad, según la tradición oriental siempre me ha suscitado múltiples preguntas. ¿Qué es la verdad? ¿Existe una verdad absoluta o coexisten verdades diferentes? ¿Cómo podemos decir la verdad? ¿Quién conoce esta verdad?

Como hijo pequeño de una familia de dos hermanos, fui un niño difícil y revoltoso que permanentemente hacia enloquecer a todos aquellos que cuidaban de mi. A los doce años me enviaron a un colegio religioso para aprender latín, francés y buenos modales. Al principio todo me resultó fácil, pero luego el abismo entre la verdad que se predicaba desde el púlpito y la que se practicaba en las aulas hizo que el desánimo y luego la búsqueda de la auténtica verdad fueran la premisa fundamental de mi adolescencia. Puse en tela de juicio todos los dogmas, hasta que finalmente perdí la fe.

Recuerdo que fue un apagón en mi vida del que intentaba salir leyendo sobre la experiencia mística de la iluminación, del renacer, de la comunión con Dios, con la vida o sobre el plano espiritual. Conocí a muchas personas que me hablaban sobre el sentido de la vida, estudié muchas religiones en la esperanza de encontrar una que pudiera sobrevivir a un análisis crítico. Un día sumido en un profundo estado de interiorización experimenté que no eran palabras lo que precisaba, sino experiencias de quietud y de paz. Descubrí que los mensajes siempre eran interpretados de múltiples maneras, y por lo tanto, decepcionaban, mientras que el silencio serenaba mi mente, la enriquecía vaciándola de conceptos y saciando mi ansia de búsqueda.

Feliz por el descubrimiento sentí el anhelo de compartirlo con los demás. No me hizo falta mucho tiempo para aceptar que esto era casi imposible. La experiencia espiritual llegaba a algunas personas, pero a muchas otras no.

-¿Por qué algunas personas tienen inquietudes espirituales y otras no? –pensaba. La respuesta no tardaría en llegar.

La Comunión con Dios o la paz interior, no es posible para muchas personas simplemente por qué no tienen acceso a ella. Viven en un universo diferente del mío. Con los años he desarrollado el concepto de que hay tantos universos distintos como observadores existen de la realidad exterior. He descubierto que todo lo que uno acepta o sabe, está concernido directamente con uno mismo. Corresponde a un modelo de universo que cada uno de nosotros hemos construido en nuestra mente, y que tales modelos pueden ser bien diferentes. En algunos universos hay mucho espacio para el dolor o la enfermedad, otros están construidos a partir de experiencias de abundancia y prosperidad, en algunos la amistad y el amor son el sol alrededor del cual gira toda experiencia, mientras que otros están hechos de tristeza y soledad. En consecuencia, lo que existe en mi mente, podría estar ausente en alguna otra mente. O esto que parece verdadero en mi universo puede ser falso en el de cualquier otro.

Encuentro este concepto muy liberador, pues me permite pensar que yo soy el centro de mi mundo, y que todas las otras personas están en el centro de sus universos subjetivos respectivos. Esto elimina el problema de determinar quien tiene la percepción correcta de la vida. Cada uno puede tener la percepción correcta de su propio universo, con la condición de que sea sincero. Por lo tanto, la sinceridad se vuelve más importante que laverdad absoluta, pues hay tantas verdades como seres humanos existen. De hecho Manu dijo: -Di la verdad, di la dulce verdad y el énfasis en apariencia parece estar en la verdad, sin embargo lo está en la sinceridad.

¿Será la sinceridad el elemento clave del proceso de autorrealización?

Si soy consciente de que todos poseemos nuestra propia verdad, ya puedo intercambiar puntos de vistas sobre mi universo de creencias con cualquiera, sin sentirme amenazado por percepciones contrarias a las mías. Ahora puedo dialogar acerca de mis creencias con aquellos que reconocen que sus creencias son igualmente subjetivas. He aprendido simplemente a escuchar a aquellos que creen ser depositarios de la única y absoluta verdad y ya no me siento inclinado a jugar al juego de saber quien tiene la razón y quien no.

Liberarse de la idea de Verdad absoluta permite desembarazamos fácilmente de nuestras creencias obsoletas, para reemplazarlas por los últimos descubrimientos de la ciencia, que a su vez serán a su vez substituidos por nuevos descubrimientos. Pienso que más vale vivir con preguntas sin responder, que llenar el vacío con especulaciones de valor dudoso. Reconozco que no conozco el objetivo último del universo, tanto como no sé si, en realidad, tiene alguno. He aprendido a aceptar que no conozco nada con certeza y así mantengo abierto mi universo de creencias al aprendizaje. Es con este espíritu que ofrezco a vuestra consideración, mi opinión según la cual la vida no tiene necesidad de tener una finalidad única, ni un sentido único, ni una única creencia, pues probablemente la vida no sea nada más, ni nada menos, que un constante devenir en donde todos y todo acontece. Sé sincero contigo mismo y encontrarás la paz que tanto anhelas.


Frederic Solergibert Sorni

Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona. Psicoterapeuta y Consultor. Autor de "Lo que no se ve" y Bajo el árbol amigo" libros publicados en España por Ediciones Urano.

Consultor en Astrología Psicológica. Consultas en Madrid, Barcelona y Gran Canaria.

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