Donde la crisis termina, comienza la esperanza

Sentimos miedo al fracaso, estamos mentalizados a conseguir beneficios, a triunfar, a estar siempre por encima de todo. Nadie nos enseñó a cómo lidiar con el fracaso. Sin embargo fracasar no es un mal: cuantos fracasaron y consiguieron superarse y alcanzar sus metas después del desastre.

Estoy cansado de oír hablar de crisis, me aburren las noticias partidistas sobre el desempleo y el empobrecimiento. No es que desee practicar la llamada política del avestruz, escondiendo la cabeza para no ver lo que es obvio. Mi cansancio es otro. Se habla de crisis económica, pero nadie habla del fracaso total de nuestro modelo de sociedad. ¿Nadie se pregunta qué va tan mal en esta sociedad nuestra y cuánto nos afecta? La sociedad la formamos las personas, está liderada por personas, por lo tanto lo que está mal debe ser algo que llevamos dentro de nosotros, que marca nuestra manera de pensar, de sentir y de vivir.

La gran crisis comenzó hace mucho tiempo atrás, y es más profunda que la financiera. Probablemente nadie recuerda cuando comenzó, quizás esté presente desde el origen de todo. Es la crisis de los valores. Damos por ciertas un montón de cosas que no nos atrevemos a analizar. Se trata de un patrimonio cultural y religioso común, que venimos atesorando desde hace muchos años, pero que ya ha sido puesto en tela de juicio por grandes inteligencias a lo largo de los siglos, como es la conveniencia de la masificación, el seguir haciendo lo que todos hacen, el aceptar las normas de la autoridad como sagradas, el miedo a romper con los prejuicios de los demás, todo eso nos está impidiendo ser fieles a nosotros mismos y a nuestros ideales.

Por ejemplo, en nuestro tiempo la esperanza se ha convertido en una palabra arcaica, gastada, que suscita risitas y escepticismo. Lo mismo sucede con la fe y la caridad, sólo porque las hemos convertido en esquemas y categorías mentales: Son las tres virtudes cardinales. Al catalogarlas e incluirlas en el terreno religioso las hemos vaciado de sentido, olvidándolas como tantas y tantas otras cosas.

Estoy cansado de leer sobre la crisis, me gustaría oír hablar de la fe en nosotros mismos para salir hacia adelante, de la fe en nuestro ingenio, en nuestra capacidad de inventar, de buscar soluciones pero sólo escucho sobre lideres salvadores que nos van a solucionar los problemas. Como si no lleváramos miles de años poniendo nuestra vida en manos de salvadores que acaban convirtiéndose en tiranos.

Estoy cansado de ver como los que no tienen crisis, fomentan con sus miedos esta crisis. Aún teniendo un empleo seguro, unos ingresos asegurados, reducen el consumo provocando la inmovilización del dinero, impulsando que comercios y empresas tengan que cerrar, contribuyendo con ello a extender la crisis.

Tenemos que recobrar el sentido de la esperanza. Ciertamente hay muchas cosas que no funcionan en la sociedad, no sólo en nuestro país, en todo el mundo: el hambre, la desigualdad, los cambios climáticos, pero ciertamente el alimentarnos de continuas lamentaciones no es una buena dieta. Esa sociedad tiene que cambiar y en la base del cambio está la esperanza.

Para muchos la esperanza se basa en la lotería, para ver si terminan de pagar la hipoteca o en falsas ilusiones para seguir viviendo. Otros le piden a Dios que no les duela más la cadera, que se marchen los vecinos de al lado, que termine la violencia, que no les pase nada a los hijos que están lejos. Pero la verdadera esperanza es más que eso. Es vivir de acuerdo con lo que creemos. Es una actitud mental, unas referencias sociales en las que creer y confiar. Es ser una persona ética, construir una empresa ética, un país ético regido por gobernantes éticos.

La esperanza es al mismo tiempo una cualidad y una meta. Como cualidad es una actitud de la mente y del corazón. Dicho de otra manera creemos en algo porque lo sentimos vivamente y nos ayuda a inyectar vida en todo lo que hacemos. Como objeto es todo aquello que activamente nos empeñamos en conseguir. En nuestra sociedad occidental del siglo XXI el colapso total de los valores hace que mucha gente pierda la esperanza en el futuro. No se ve luz en sus miradas, no hay ninguna meta en sus vidas. Se trata de una cultura de desesperación que esta sólo a una paso del derrumbamiento total.

Para enmendar nuestro fracaso moral y devolver la alegría a nuestras vidas, hace falta inyectar una gran cantidad de esperanza en todos nuestros afanes. Hace falta ver muy claro hacia dónde vamos, y qué queremos, y luego, en el peor de los casos, quedar en paz con lo que venga para volver a empezar. Recuerda: Donde la crisis termina comienza la esperanza.


Frederic Solergibert Sorni

Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona. Psicoterapeuta y Consultor. Autor de "Lo que no se ve" y Bajo el árbol amigo" libros publicados en España por Ediciones Urano.

Consultor en Astrología Psicológica. Consultas en Madrid, Barcelona y Gran Canaria.

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