El abatimiento como hábito

René Descartes, en su obra Las pasiones del alma, afirma que la voluntad es por naturaleza tan libre que jamás puede ser coaccionada. Necesitamos permitir que nazca la voluntad de una vida mejor y conducirla todos los días en los primeros pasos de la acción.

El escritor suizo, Denis de Rougemont, activo defensor de la unión europea y especialmente un estudioso de la sociedad occidental, dijo algo que inspiró muchos discursos políticos: La decadencia de una sociedad comienza cuando el hombre se pregunta a sí mismo: “¿Qué pasará?”, en vez de indagar en el “¿Qué puedo hacer yo?”

Son posturas muy distintas frente a la vida. El filósofo brasileño Mário Sergio Cortella, analizó el tema con mayor profundidad, afirmando: La decadencia, sea en el conjunto de una sociedad o en otras instancias, como en la familia, en el trabajo, etc., empieza cuando el imperativo ético del actuar es sustituido por la adaptación y por la espera desalentadora.

Hoy día, y con la excusa de la crisis y a merced del azote de las noticias desesperanzadas que a diario nos ofrecen los medios de comunicación, nos estamos acostumbrando a algunas posturas que son fatales, aunque pensemos que son naturales y que forman parte de la vida. Sin darnos cuenta nos hemos ido adaptando al progresivo incremento de la violencia, al desalentador aumento de la tasa de desempleo, a la escasez de recursos económicos, a la corrupción política, entre otros tantos temas. Vivimos en la era del abatimiento como hábito. Una impasibilidad y un conformismo estampado en el rostro, en las palabras que tratan de justificar nuestra supuesta impotencia individual ante una situación social. Un “yo no puedo hacer nada ante lo que está ocurriendo...”.

Pero en realidad esta postura ante la vida no tiene nada de natural, es tan sólo el resultado de una actitud egoísta y narcisista, que nos convierte indirectamente en cómplices de lo que ocurre.  Es muy confortable pensar de esa manera. Es confortable pero al mismo tiempo extremadamente peligroso. No resuelve nada, no construye nada, contribuye a que todo continúe igual.

Vivimos en los tiempos de la desesperanza, del abatimiento como estilo de vida, olvidando que sin esperanza, sin ilusión, no se construye nada. Ya sé que las imágenes de nuestros políticos insistiendo una y otra vez en los mismos recetarios de soluciones estériles y caducas, no contribuye al optimismo. Las políticas de salvadores no resuelven nada. Resuelve, a largo plazo, invertir en la educación, materia en la que estamos deficitarios. Se ha invertido muy poco en educar a los niños, en culturizar a los adolescentes. Exceptuando una selecta minoría tenemos una generación de jóvenes vacíos, ignorantes, movidos sólo por estímulos. Sus padres no se ocuparon de educarlos. Como me decía un joven: mi madre estaba más ocupada en sus asuntos, en vivir su vida, que en pensar en mí.

Los ignorantes son más manipulables por la publicidad, por las banderas, por las siglas. Bien dirigidos y con una buena campaña psicológica consienten con la corrupción, aceptan la falta de trabajo. Son más sumisos. Hoy tenemos una generación de jóvenes abatidos.

Pero, sí estamos donde estamos es por nuestra forma de actuar y es nuestra responsabilidad y de nadie más. Y es nuestro sentido de responsabilidad el que puede contribuir a mejorar nuestro país. Sea cual sea la situación de la economía europea, de nuestra familia, precisamos de ilusión, de esperanza. Pero no la esperanza de esperar, sino la esperanza de construir, de seguir adelante, de juntarnos todos para comenzar a hacer todo de una manera diferente.

La esperanza no es estática es dinámica, la pasividad muchas veces es cobarde. La esperanza nos invita a pensar: ¿Aumenta la violencia? ¿Qué puedo hacer yo?; ¿Desempleo? ¿Qué puedo hacer yo?; ¿Muchas familias son desahuciadas? ¿Qué puedo hacer yo?; ¿Corrupción? ¿Qué puedo hacer yo? Siempre tendremos algo que hacer. Siempre podremos contribuir con algo, aunque sea con nuestro ejemplo al actuar en el bien en las pequeñas cuestiones del día a día.

Todos debemos preguntarnos: ¿Qué estoy haciendo por vivir en una sociedad mejor? ¿Cuál es  nuestra contribución? ¿Qué podemos aportar para ayudar? No es mucho lo que se nos pide, pues cuando muchos hacen un poco de lo que sea, eso genera transformaciones, genera movimiento, revoluciones silenciosas. No es necesario hacer mucho, solamente no se debe ceder a la acomodación viciosa, a la indiferencia paralizante, a la alienación mortificadora. ¿Qué puedo hacer yo? ¿Qué puedes hacer tú para mejorar tu familia, las personas de tu alrededor, el mundo?

Cuando poseemos esta disposición esperanzadora es fácil descubrir en nuestro alrededor personas con la misma actitud, dispuestos a hacer y a vivir bajo nuevos paradigmas. A Margaret Mead, antropóloga estadounidense, se le atribuye la siguiente frase, muy adecuada para los tiempos que vivimos. "No dudes jamás de la capacidad de tan sólo un grupo de ciudadanos conscientes y comprometidos para cambiar el mundo. Dejemos de decir: yo no puedo  hacer nada para cambiar las cosas y empecemos a pensar en que podemos hacer para mejorar las cosas.


Frederic Solergibert Sorni

Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona. Psicoterapeuta y Consultor. Autor de "Lo que no se ve" y Bajo el árbol amigo" libros publicados en España por Ediciones Urano. Consultor en Astrología Psicológica. Consultas en Madrid, Barcelona y Gran Canaria.

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