El Arte de la vida consciente

La Naturaleza es nuestra madre. Vivimos alejados de ella y por eso enfermamos. Algunos residimos en unas cajas llamadas apartamentos, muchos metros por encima del suelo. A nuestro alrededor no hay más que cemento y materiales duros. Nuestros pies ni siquiera están en contacto con el suelo, si seguimos así, la lechuga no crecerá jamás. Enfermamos porque vivimos alejados de la Tierra, por eso de vez en cuando necesitamos salir y estar en contacto con la Naturaleza. Es importantísimo. Debemos mantenemos cerca de ella en compañía de nuestros hijos. En muchas de nuestras ciudades ni siquiera hay árboles, el color verde es el gran ausente de nuestros paisajes urbanos. 

Un día, imaginé una ciudad en la que sólo quedara un árbol. El árbol seguía siendo bello pero se le veía muy solo, rodeado de edificios en el centro de la urbe. Los habitantes de esa ciudad empezaron a caer enfermos y los médicos no sabían cómo tratar su dolencia. No obstante, hubo un doctor muy bueno que descubrió las causas de esa enfermedad y les recomendó el siguiente tratamiento: «Coged cada día el autobús e id hasta el centro de la ciudad a ver el árbol. Inspirad y espirad mientras os vayáis aproximando a él y al llegar, abrazadle y respirad así durante quince minutos contemplando todo su verdor y oliendo su fragante corteza. Si seguís este tratamiento, en pocas semanas os sentiréis mejor.» 

La gente empezó a encontrarse mejor, pero muy pronto eran tantos los que querían abrazar el árbol que debían esperar en colas de kilómetros y kilómetros. La paciencia, como sabéis, no es la característica de nuestro tiempo y como tenían que esperar hasta cuatro o cinco horas, se rebelaron. Organizaron concentraciones para redactar leyes según las cuales no se podía abrazar el árbol más de tres o cinco minutos por persona, motivo por el cual el tiempo de curación se postergó. Muy pronto redujeron el tiempo a un minuto y con ello perdieron la oportunidad de que la Madre les curara. 

Si no tomamos conciencia del problema, esa situación puede ser muy pronto la nuestra. Debemos meditar muy bien lo que hacemos si queremos salvar a la Madre Tierra, a nosotros mismos y a nuestros hijos. Por ejemplo, si cuando miramos nuestra basura podemos ver lechugas, pepinos, tomates y flores en ella. Al echar una piel de plátano a la basura debemos ser conscientes de que lo que estamos desechando es una piel de plátano que pronto se convertirá en una flor o en un vegetal. La práctica de la meditación es exactamente eso. 

Sin embargo, cuando lo que echamos a la basura es una bolsa de plástico, ya es otro tema. Tardará muchísimo tiempo en convertirse en una flor. «Cuando echo una bolsa de plástico a la basura sé que estoy echando una bolsa de plástico a la basura.» Esta sola conciencia nos ayuda a proteger la Tierra, a pacificarla y a cuidar de la vida en el presente y en el futuro. Si somos conscientes del problema, intentaremos inconscientemente usar menos bolsas de plástico. Ésta es una actitud a favor de la paz, una acción básica para la paz. 

Al echar un papel desechable de plástico a la basura sabemos que va a tardar muchísimo en convertirse en una flor, unos cuarenta años o más. Si somos conscientes de que usando estos pañales no ayudamos a la paz, trataremos de ponerle otros diferentes a nuestro bebé. Practicar la respiración, y contemplar nuestro cuerpo, sentimientos, mente y reflexiones es practicar la paz en el presente. Eso es vivir conscientemente. 

Los residuos nucleares son nuestra peor basura. Tardarán alrededor de 250.000 años en convertirse en flores. Cuarenta de los cincuenta estados de Estados Unidos ya están contaminados con residuos nucleares. Estamos convirtiendo la Tierra en un lugar inhabitable para nosotros y para muchas generaciones de niños. Si vivimos el presente concienciados, sabremos qué debemos hacer e intentaremos obrar en bien de la paz.

 

Thich Nhat Hanh, maestro Zen nacido en la región de Vietnam Central el 11 de Octubre de 1926, monje budista desde hace más de cuatro décadas y activista por la paz, nominado para el premio Nobel por ese motivo. Refugiado político en Francia desde 1972, por su combate pacífico, empezado durante la Guerra de Vietnam. Autor de numerosos libros, entre ellos “Hacia la paz interior” de donde se ha extraído el presente texto