El día de los difuntos

La conmemoración por los difuntos, hoy denominada Día de los Difuntos, tiene su origen en la antigua Galia, en una ceremonia druídica de tiempos precristianos. Los celtas tenían festividades para dos dioses principales, un dios solar y un dios de los muertos, llamado “Samhain”.  La fiesta se celebraba el 1 de noviembre y marcaba el comienzo del año nuevo celta. Con el paso del tiempo la fiesta de los difuntos fue gradualmente incorporada al ritual cristiano y es frecuente en ese día que muchísimas personas visiten las tumbas de sus difuntos, observándose escenas muy interesantes según el país y la cultura del lugar.

Por ejemplo, en algunos países es costumbre sentarse sobre las tumbas de sus familiares muertos, quedándose todo el día allí bajo el pretexto de hacerles compañía. Como, si de verdad, ellos estuviesen allí encerrados. En otros países se les ofrecen comidas y bebidas, para que se alimenten. Como si el Espíritu necesitase de eso. En otros se gastan verdaderas fortunas en flores caras y ornamentaciones vistosas. Otros decoran la tumba como si fuese la vivienda del ser querido. Tales comportamientos pueden influir en el Espíritu poco consciente, manteniéndolo vinculado a sus despojos, a su tumba.

La espiritualidad nos enseña que la muerte no existe. Así, nuestros muertos no están muertos, ni tampoco duermen. Cumplen tareas y alzan las manos auxiliando a aquellos que permanecen en el cuerpo carnal. Prosiguen en su auto perfeccionamiento, construyendo y reformulando su mundo íntimo, disciplinando las emociones. Y, lo más importante es que siguen amándonos.

El cambio del estado de vibración no les quita los sentimientos afectuosos cultivados en la etapa terrenal. Son los padres y madres queridos, arrebatados por la muerte inesperada. Los hijos, hermanos, parejas, seres amados. El vacío de la añoranza llena nuestros corazones con la partida y la angustia pasa a vivir en las cercanías de nuestra alma. Ese es el momento de inclinarnos ante la majestad de la Ley Divina y orar. La oración es como el perfume de una flor que se alza y nos une a ellos. Nos permite sentir los abrazos, los besos, curando la añoranza y el amor.

Es cuando llega el dolor de partida que muchos se sienten impulsados a ir al cementerio a orar a sus muertos, pero no por ello hemos de pensar que se encuentran allí. Ellos ya partieron. Depositar flores, encender velas puede ser un símbolo de nuestro recuerdo, de nuestro amor, pero no hay que pensar que ellos se encuentran allí.

La mejor conducta hacia los seres queridos que partieron para el Mundo Espirituales el recuerdo de sus virtudes, de sus buenos ejemplos, de los momentos de alegría compartidos. Nuestra oración regenera sus almas y les habla de nuestros sentimientos.

No hay necesidad de tener dinero para honrar con fervor a nuestros muertos. Ni necesidad absoluta de nuestra presencia al lado de sus tumbas. Ellos no están allí. Ahora son Espíritus libres, viven en el Mundo Espiritual y muchas veces están a nuestro lado, susurrándonos su añoranza y su amor.

Si deseas honrar a tus muertos, cambia el dinero que gastarías en la ornamentación de las tumbas y flores exuberantes, por comida, ropa o dinero para los niños y familias pobres. Ofrécelos en nombre de tus amados difuntos. Ellos se beneficiaran de tu excelente acción.