El fin de una era: 11 de Septiembre 2001

Los gravísimos acontecimientos ocurridos recientemente en Estados Unidos, auguran el comienzo de una nueva era. A partir de ahora nada será como era antes.

El atentado terrorista del pasado 11 de septiembre al Wold Trade Center de Nueva York y al Pentágono en Washington es el síntoma de una trágica dolencia que sufre el mundo contemporáneo. Esta enfermedad no puede ser curada a través de la venganza, ni por el precepto bíblico de ojo por ojo, diente por diente. Los orígenes de esta enfermedad van mas allá del fanatismo terrorista o de las reivindicaciones fundamentalistas. Matar a un grupo de terroristas o a población civil indefensa no resolverá el problema, ya que mientras exista la causa, la enfermedad aparecerá en otro lugar.

La enfermedad que sufre el mundo contemporáneo es alimentada por un error estructural en el sistema social económico mundial. La Globalización está integrando producción, comercio, finanzas y comunicaciones, pero también está produciendo una recesión social y ecológica en la forma de un aumento del desempleo regional y nacional, un aumento de las diferencias entre ricos y pobres y una degradación del medio ambiente. Los beneficios del crecimiento económico, durante mucho tiempo un indicador del progreso económico, se está concentrando cada vez más en una minoría. Cientos de miles de personas tienen un nivel elevado de vida, mientras miles de millones lo hacen en la pobreza más extrema, viviendo en chabolas o guetos urbanos a las sombras de una riqueza ostentosa. Esta situación incrementa el resentimiento y alienta la revolución que, finalmente, desemboca en violencia.

Las actuales tecnologías de la información pueden incrementar el contacto y la comunicación entre todos los pueblos del mundo, ayudando a construir un mundo solidario basado en el respeto y el entendimiento. Pero estas redes están dominadas por un pequeño grupo de magnates cuyos intereses propios están por encima de cualquier propósito humanista. Internet, la radio, la televisión y la prensa están más interesados en satisfacer las demandas del más vulgar entretenimiento que en culturizar a la población.

n estas condiciones, la paz duradera no puede ser alcanzada en el mundo. La guerra nunca ha ayudado a obtener una paz duradera, lo máximo que ha obtenido es un incierto entreacto entre un acto terrorista y otro. Cuantas más personas estén frustradas, más odio y deseo de venganza existirán. No podremos relacionarnos con un espíritu de paz y cooperación. Sea a causa del Ego herido de una persona o al amor propio destrozado o al deseo de una venganza personal o de una guerra santa para defender una fe o el resultado de violencia, muerte o catástrofe. Incrementar la paz interior de estas personas es una condición previa para incrementar la paz del mundo.

Creemos que una respuesta acertada a la violencia y al terrorismo no es atacar los síntomas, sino trabajar para erradicar la causa. Esto significa emprender un programa para promover la paz en la mente de las personas del mundo, a través de acciones que corrijan el desequilibrio que está en la raíz de la enfermedad. Y les aporten seguridad. Esto puede conseguirse desarrollando una política de imparcialidad y justicia que promueva la solidaridad y la voluntad de cooperación económico y social. Pensamos que esta iniciativa es mucho más sabia que incrementar el odio de las naciones pobres, a través de invadir y masacrar la población civil. De hecho es el único camino practicable para obtener paz duradera en la Tierra.


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