El matrimonio no es un mero proceso de adaptación

Todas las relaciones son acuerdos preestablecidos. Cada parte espera recibir ciertas cosas de la otra parte. En nuestras relaciones íntimas, el sexo es como una firma en el contrato. Por desgracia, muchos de nosotros firmamos el contrato sin leer la letra pequeña. Cuando llegamos a descubrir que clase de negocio nos han ofrecido, estamos atados por nuestro compromiso.

La mayoría de las personas toman la decisión de casarse muy rápidamente, impulsados más por el instinto biológico, la ganas de compañía y las circunstancias sociales, que por la reflexión del compromiso que toman. Formamos un matrimonio, y con esta pareja pretendemos vivir el resto de nuestra vida. Quizás no sea un matrimonio con papeles, quizás es una pareja de hecho o el irse a vivir juntos. Antes podíamos pensar que sólo el matrimonio ataba, pero ahora en el siglo XXI es el acto del compromiso el que marca la relación. ¿Pero cómo podemos saber que la relación entre ambos no es básicamente instintiva, es decir física, y todo lo demás se ajusta a eso? ¿Y qué ocurre cuando con el paso del tiempo las diferencias comienzan a aparecer?

Puede suceder que tú seas de una naturaleza muy intelectual, con un énfasis en la comunicación y el análisis y tu pareja muy emocional, lenta de comprensión. Si esto sucede, ¿cómo puede experimentarse la unión entre ambos? O quizás uno de ambos sea muy práctico y con un fuerte sentido del orden y el otro, muy bohemio. ¿Qué intercambio podemos tener entonces que no sea el sexual?

En el lenguaje común denominamos “hacer el amor” al acto sexual, pero el amor no es tan sólo un acto sexual, el amor es de una naturaleza muy especial. Es una experiencia de vida que a veces está presente mientras otras sufrimos por su ausencia. Cuando tomamos la decisión de casarnos impulsados solamente por el instinto o por las convenciones, efectivamente lo podemos hacer con ilusión. Preparamos una gran fiesta, recibimos felicitaciones, regalos y nuestros padres están felices. Pero si en este matrimonio el amor no está presente, sólo cabe el amoldarse el uno al otro, hasta que con el paso del tiempo el instinto cambie de orientación o decaiga. Si esto sucede las diferencias se harán más y más notorias, pero las ignorarás por qué ¿qué otra cosa puedes hacer?

Ilustración: Georgia O'Keefe

¿Quizás la palabra resignación no te guste? Pero si estás casado, si tienes hijos o estás sin medios económicos propios, puedes pensar que tienes que soportar la situación, que no hay otra salida. Y, así, como una forma de protegerte comienzas a abandonarte, a conformarte, buscando válvulas de escape que te den gratificación y te permitan olvidar durante un rato el problema que no quieres afrontar. Entonces se inicia un ciclo repetitivo de actos compulsivos y de arrepentimiento hasta la siguiente caída; pueden ser las compras compulsivas, el comer en exceso o cualquier otra forma que permita eliminar tensión. Con el paso del tiempo el deseo de seguridad hará que eso que no nos gusta parezca volverse soportable. Es una forma de protección. Pero este acomodarse es, obviamente, un proceso mental que poco tiene que ver con el amor. El amor es incapaz de acomodarse. Cuando amamos a alguien no hay "resignación", sólo hay un intenso impulso al encuentro, a la unión. Únicamente cuando no hay amor, empezamos a adaptamos, a amoldamos.

La pareja no es un mero proceso de adaptación. Experimentar el amor requiere de una completa libertad y respeto. Habiendo amor, el acto sexual tiene un significado por completo diferente. Entonces ese acto no es un escape, no es hábito. El amor deja de ser un ideal, para pasar a ser un estado de existencia, ya no es algo que se piensa, sino algo que se vive sin reflexión como el aire que respiramos. El amor no pude existir donde hay un intento de someter al otro o de amoldarse a los deseos de nadie, solo puede crecer en la libertad y el mutuo respeto. Alguien que intenta resignarse o que intenta poseer o cambiar al otro no conoce el amor.

Amar es permitirse tomar nuestras propias decisiones y permitir que el otro tome las suyas. Es estar ahí el uno por el otro por si las cosas salen mal y apoyarnos para hacer las cosas mejor la próxima vez. Amar es compartir nuestras necesidades y confiar en que las tomaremos y nos las tomarán en consideración. Amar no es molestar para que te hagan caso, sino cuidar porque te surge de dentro. Amar es saber que las cosas mejorarán, aunque los tiempos estén oscuros y, especialmente, cuando lo están. Amar es vernos como realmente somos con toda la grandeza que existe en nuestro interior y que, a veces, sólo podemos alcanzar mirándonos en los ojos de alguien que nos ama y que nos ve no como somos ahora, sino como podemos llegar a ser. Es el desamor quien nos hacer ver en los demás todo lo desagradable, aquello que nos negamos a ver en nosotros mismos y es el amor quien nos permite verlo, transformarlo y convertirlo en nuestra mayor fuerza.

Solo cuando la admiración reverente por el otro ser humano, con sus defectos y virtudes, nos proporciona una razón para vivir y para disfrutar, sólo cuando el mundo es un lugar mejor porque la otra persona camina sobre él podemos hablar de amor adulto y consciente, de auténtico amor.


Frederic Solergibert Sorni

Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona. Psicoterapeuta y Consultor. Autor de "Lo que no se ve" y Bajo el árbol amigo" libros publicados en España por Ediciones Urano.

Consultor en Astrología Psicológica. Consultas en Madrid, Barcelona y Gran Canaria.

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