El Pequeño Principe y Peter Pan

El escritor que quiso ser pintor y el niño que se cayó de un lejano asteroide

Hubo un tiempo en que no hacía más que pensar en los grandes enigmas de este pequeño libro y en los muchos misterios que encierra su personaje principal, el Pequeño Príncipe. Ya veis que me niego a llamarle "Principito", pues, además de insufriblemente cursi, esa palabra pierde las resonancias que tiene con las dos “p" de Peter Pan, entre otras semejanzas -yo creo intencionadas-, con ese otro niño celeste del lado contrario del canal. (Primer misterio). Pero permitidme que os lo cuente todo desde el principio, como si fuera un cuento: había una vez un piloto de aviación civil que, a causa de una avería, cayó con su avión en el desierto del Sahara, a mil millas de todo lugar habitado. Importa poco de qué manera logró sobrevivir. Mucho más importa saber que este hombre se había hecho aviador sin mucho convencimiento. Su verdadera vocación era la de pintor, pero tuvo que abandonarla a los seis años, porque un día dibujó la silueta de una boa, que se acababa de tragar un elefante y todo el mundo se empeñó en ver un sombrero. (Para mí que los seis años es pronto para darse por vencido en nada, pero es que el número seis tiene mucho que ver con los entresijos de esta historia). Nuestro héroe dado que las personas mayores "necesitan siempre explicaciones", se decidió entonces por aquella otra profesión, la de piloto, que es de esas que suelen considerarse razonables. Así como el golf, la política, o el saber elegir corbatas, además de charlar siempre de cosas que se pueden contar, en el sentido de numerar. Por ejemplo, la edad que tiene la gente, los miembros que componen una familia, el dinero que se guarda en un banco. Es decir, cosas serias, como diría Peter Pan. A nuestro hombre, en cambio, le encantaba todo lo que no puede numerarse. Igual que a los niños. Por ejemplo, decidir el juego al que se va a jugar, sentir el deseo de coleccionar mariposas, distinguir por el timbre de voz a los cantantes preferidos... 

Bueno, pues en aquel percance de caerse de un avión, nuestro héroe al menos tuvo la suerte de que apareciera por allí alguien que coincidía con él en casi todo: un Pequeño Príncipe de cabellos dorados y bufanda muy larga, igualmente dorada y, al parecer, eterna. También él acababa de caerse sólo que de una estrella. Más bien de un asteroide, el B 612. (Ojo: 612 es un guarismo que se compone de 6 y 12, que es dos veces 6). Enseguida se hicieron muy amigos, y allí mismo, en mitad del desierto, se pusieron a hablar de asuntos nada serios. 

Supo entonces el aviador que en el pequeño planeta de aquella criatura sólo se podían hacer seis cosas: arrancar baobás cuando son muy pequeños -los baobás llegan a ser árboles gigantescos que lo invaden todo -; deshollinar, uno tras otro, los tres volcanes que allí hay. Regar la única flor que en tal sitio es posible admirar, y, por último, contemplar unas maravillosas puesta de sol. 

Pero resulta que antes de caerse a la Tierra, el Pequeño Príncipe rebotó, por así decirlo, en otros seis asteroides. En ellos vivían, sucesivamente: un rey absoluto, pero solitario; un vanidoso incorregible; un borrachín; un hombre de negocios que, naturalmente, siempre estaba haciendo números; un farolero, y un geógrafo al que no le interesaban las flores para nada. 

Por todo esto parecía muy afectado el Pequeño Príncipe, hasta el punto de que, cuando se lo encontró la zorra, estaba llorando. ¿La zorra? ¿Qué zorra? Pues una que pasaba por allí. Ella intentó distraerle, proponiéndole diversos juegos, pero aquí tropezamos con la dificultad de que éste es un animal no domesticado. Es simplemente el sexto de los que se nombran en esta historia, y que sabía muchas cosas, demasiadas tal vez. Decía, pongamos por caso: "Cazo gallinas y los hombres quieren cazarme. Todas las gallinas se parecen, y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero si me domesticas, mi vida se llenará de sol... El trigo dorado será un recuerdo de ti y amaré el ruido de] viento en el trigo". De otros muchos asuntos le informó a lo largo de aquella conversación, algunas ciertamente enigmáticas, como que “¡las flores son tan contradictorias!”. Otras no tanto, pero que también te hacen cavilar lo suyo: “Los niños deben ser muy indulgentes con las personas mayores”. Pero sobre todo le trasladó una que estimo la más importante: "Lo esencial es invisible a los ojos. Sólo puede verse con el corazón". Esto le interesó vivamente al Pequeño Príncipe. 

No tratéis de explicároslo. En este libro, suceden muchas cosas inexplicables. Como también por qué nuestro piloto no se decidió a contar esta historia hasta pasados algunos años. ¿Cuántos? ¡Pues exactamente seis! 

Ahora os será más fácil comprender que mi manía de contar, en el sentido de numerar, se debe a que ya soy incorregiblemente mayor. Pero al menos me ha servido para descubrir otras cosas extraordinarias de este libro, y de su oponente necesario, Peter Pan. Así, que los dos personajes proceden de otro mundo superior; que uno no quiere crecer (Peter Pan) y el otro no puede morir. ("Parecerá que me he muerto, y no será verdad"). Que ambos se niegan igualmente a aprender lo que los mayores llaman "cosas serias". Que seis eran los niños abandonados, en el relato de Peter Pan. Y, finalmente, que los dos nombres, aparte de empezar por sendas dos "p", cuando se pronuncian muy seguido en sus respectivos idiomas, llegan a sonar casi idénticos.- Peter Pan, Petit Prince, Peter Prince Petit Pan... ¿Lo veis? 

Antonio Rodríguez Almodóvar.