El placer y la realización del amor

Nos acercamos al amor cuando observamos y no juzgamos, no interpretamos ni valoramos. Mientras hay enfrentamiento no habrá amor.

Probablemente ya desde los albores del ser humano se descubrió que la vida social mejoraba, cuando eran observadas un mínimo de normas que garantizasen el buen funcionamiento de la comunidad. Y que era aún más fácil que esas leyes se aceptasen si se convencía a la comunidad de que tales reglas habían sido dictadas por entidades invisibles, preparadas y deseosas de castigar toda desobediencia. De este modo, los más sabios pudieron manipular a los menos informados, sometiéndolos a su poder. Esas élites establecieron su supremacía reservando a sólo unos pocos iniciados el acceso al lugar sagrado, y a través de aliarse con el poder gobernante.

La religión ha sido una poderosa herramienta para unir a los miembros de comunidades y para sostener a sus jefes. Todas las civilizaciones tuvieron su religión de estado. La historia demuestra que las sociedades que se han formado con creencias fuertes, en verdades divinas absolutas, pueden movilizar a sus miembros más eficazmente en proyectos comunitarios o guerras, que aquellas que poseen valores más liberales.

Recuerdo que al igual que muchos otros adolescentes, también tenía fuertes impulsos sexuales y como los demás compañeros intentaba lidiar con esos deseos tratándolos de controlar, disciplinándolos. En aquella época creíamos que si no había restricción, nos convertiríamos en personas degradadas, victimas de la impureza.

Las religiones siempre se han preocupado mucho acerca de nuestra moralidad sexual, pero muy poco de los actos violentos y asesinatos de masas realizados en nombre de Dios o en defensa de la patria. Permiten el expolio de los recursos de otros países, condenando a sus habitantes a la pobreza extrema. Bendicen gloriosas cruzadas, guerras santas y ejes del mal, enviando a miles de soldados a la práctica de la crueldad más absoluta. Callan ante la explotación de miles de mujeres y niños. Pero claman cuando tus manos se acercan a alguna zona genital.

¿Por qué se interesan tanto en este tipo de moralidad y no en la inmoralidad que representa la explotación, la codicia y la guerra?

Quizás la respuesta haya que buscarla en el hecho de que las religiones organizadas, en gran parte, dependen de su existencia de nuestros temores, sentimientos de culpa e ilusiones. Se alimentan de fomentar nuestra tendencia a creer que por el simple hecho de pertenecer a una de ellas somos mejores que los demás, fomentando el espíritu separativo, de división. Haciendo creer que su Dios es mejor que el de los demás. De lo que se deriva que las religiones, salvo algunas excepciones, son terreno abonado para la intransigencia, el fanatismo y la ausencia de amor.

La sexualidad en sí misma jamás puede ser un problema; lo que crea el problema son las ideas que tenemos acerca de ella. No puedo imaginarme un Dios observándonos atentamente, vigilando constantemente a quien acariciamos, ofendiéndose cada vez que realizamos un acto sexual. Pensar así es el resultado de haber cultivado en exceso el intelecto, de haber caído prisioneros de nuestras propias creaciones.

Obtener una profunda comprensión del proceso moral y religioso es necesario para comprender la institución del matrimonio. El amor no es inducido por la firma de un contrato, ni se basa en un intercambio de gratificaciones, ni tan siquiera en el deseo de mutua seguridad. El amor está o no presente en nuestra vida, independientemente de si hay o no hay matrimonio. El amor nace entre las personas, independientemente de su religión, sexo, raza o estado social. El matrimonio es un compromiso entre dos personas, es un lazo de unión y no una atadura.

Todas las creencias son creaciones de nuestra mente, mientras que el amor forma parte de la esencia de la vida. Es por ello que no puede ser regulado por ninguna religión. La sexualidad no pertenece a ninguna mente en concreto, es independiente de nuestro pensamiento, de nuestros cálculos, exigencias y reacciones. El sexo jamás es un problema; lo que crea problemas es la falta de comprensión de nuestra naturaleza humana.

No es nuestra sexualidad sino los bloqueos de nuestra mente lo que constituyen un problema. Necesitamos clarificar nuestra mente, liberándonos de los sentimientos de culpabilidad. El sexo tiene su lugar en la espontaneidad de los procesos naturales, pero cuando los sentimientos de culpabilidad le dan un papel predominante, se convierte en un problema.


Frederic Solergibert Sorni

Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona. Psicoterapeuta y Consultor. Autor de "Lo que no se ve" y Bajo el árbol amigo" libros publicados en España por Ediciones Urano.

Consultor en Astrología Psicológica. Consultas en Madrid, Barcelona y Gran Canaria.

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