El vacío interior

Al compás de un suspiro pueden aparecer un sentimiento de tristeza y unas palabras: “Me siento vacía”. Y, generalmente, el estado que corresponde esta frase suele ser de gran malestar. El suspiro que acompaña a esta sensación delata una suerte de nostalgia, de añoranza por algo que se perdió. No se trata de algo concreto y palpable, que podamos señalar y nombrar, sino que más bien correspondería a un estado de ánimo, a un sentimiento. Lo que se añora es, pues, una situación de lleno absoluto, donde el desasosiego que produce la sensación de vacío no tendría razón de ser. Pero ¿hemos llegado en alguna ocasión a vivir tal situación? Tal vez sí, porque la separación que supone el nacimiento fue precedida por un estado de plenitud en el interior de un espacio en el que no existía ninguna clase de carencia. El vacío, pues, se relaciona con la vida, con la separación, con el progresivo reconocimiento de un yo individual y diferente de los otros.

Es posible que en los lugares menos accesibles de nuestra conciencia haya quedado alguna huella de aquella situación en la que nada nos faltaba. Por ello, en algunos momentos complicados de nuestra vida sentimos la nostalgia y el deseo confuso de regresar a esa caverna mítica.

Un raro abatimiento

La palabra vacío nos remite a un espacio que parece despojado de su habitual contenido. Y, muchas veces, a la incómoda sensación que se despierta cuando se percibe un vacío personal se le añade la culpa de no encontrar ninguna razón que lo justifique; “Tengo marido, hijos, una casa, trabajo y, sin embargo, siento que me falta algo, aunque no tengo motivo para ello”. Psicológicamente, la persona que expresa este sentimiento siempre tiene razones: unas veces las conoce; otras, no. Por ejemplo, el vacío puede sentirse por la ausencia de alguien o algo que representa un valor importante. En ocasiones, la ausencia de una persona le hace cobrar una significación que no habíamos percibido hasta sentir su pérdida.

Otras veces, aparece también, paradójicamente, tras haber conseguido algo muy deseado. Cuántas veces creemos que poseer determinada cosa o alcanzar determinada situación colmaría absolutamente nuestra capacidad de desear, y cuántas, frente a triunfos. 

La nostalgia de Silvia

Silvia está recostada en un sillón frente a una mesa repleta de libros y papeles; se encuentra así, entre sus cosas, protegida de una emoción sin nombre que se está apoderando de ella. Esta emoción se la causa un vacío producido por la ausencia de alguien muy querido para ella.

Silvia tiene 33 años, es periodista y después de varios fracasos sentimentales ha conseguido lo que pensaba que no podría lograr: formar una pareja cuyos ingredientes principales fueran el respeto a la libertad del otro, el apoyo, la comprensión, la tolerancia, y todo esto sazonado con una satisfactoria relación sexual.

Hace un tiempo que Silvia está sola porque su pareja ha tenido que viajar debido a su trabajo, y en esta soledad la ausencia de él se convierte en algo grande, espeso, que casi se puede tocar, en un vacío que intenta llenar de recuerdos, de palabras, de imágenes, de escenas vividas, que comienzan a atenuar la nostalgia que siente. En esta situación se pregunta si cuando está con él se da cuenta de todo esto.

No es extraño, pues, que Silvia tema perder algo que deseó y que le costó conseguir, sobre todo si a ello añadimos que su pareja da respuesta a algunos de sus más profundos, oscuros e inexplicables deseos.

Lo que le ocurre a Silvia es algo bastante común. Cuando tememos perder algo querido es cuando más valoramos lo que tenemos. En ese momento, la posibilidad de perder se convierte en el deseo de ganar. Existe cierta clase de personas, cuya salud mental hay que poner en duda, con una notable incapacidad para desear y querer lo que poseen, aun cuando lo hayan anhelado y se hayan esforzado por conseguirlo. Son incapaces de sostener lo deseado y sólo pueden valorarlo cuando lo pierden.

 

Mantener la insatisfacción

¿Por qué ponemos dificultades a nuestras aspiraciones? ¿Por qué nos entristecemos después de conseguir lo deseado? o ¿por qué anhelamos destruir aquello que obtenemos?

Las condiciones que aumentan las dificultades para alcanzar una aspiración tienen relación con lo que representa la realización de ese deseo. A la realización de ese deseo se le añade algo que tememos. Nos culpamos, pues, porque intuimos que esa felicidad que nos proporciona no es del todo lícita. Esta culpa proviene de sentimientos que nos parecen muy censurables y que transitan por la envidia y la rivalidad, sentimientos que también tienen que ver con los deseos, pero de lo que otro tiene o de lo que otro es.La tristeza que se siente después de haber conseguido algo querido viene de una inevitable decepción que provoca la distancia que siempre suele haber entre lo que se espera y lo que se encuentra. A menudo fantaseamos idealizando cómo será, y luego pensamos: “Pues yo creía que era otra cosa”. Así mantenemos un cierto grado de insatisfacción.

Y sin embargo, ese vacío que se siente tras conseguir algo querido tiene mucho que ver con el deseo humano, porque el deseo es la excitación producida por una falta. Es común el gratificarnos con pequeñas cosas: esa camisa que tanto nos gustaba, esa pulsera, ese objeto para casa o para el coche.

¡Qué capacidad para darnos satisfacción! Ahora, eso sí, pronto se nos pasa y de nuevo sentimos el empuje del deseo, queremos otra cosa, algo nuevo, porque siempre nos falta algo. Las personas siempre estamos un poco insatisfechas, pero es preciso no vivir esa insatisfacción como algo malo, sino como un motor que nos impulsa a querer nuevas cosas, a tener otras experiencias: a vivir, en suma. El vacío, pues, tiene un lado enriquecedor y no hay que temerlo. A lo que sí deberíamos tener miedo, y mucho, es a no reconocer nuestros deseos o ahogarlos cuando afloran para expiar culpas.

El valor del vacío

Así pues, el vacío tiene un valor importante para la vida, porque es desde él, desde la carencia o desde la pérdida, desde donde el deseo nace, y así creamos una historia, ensalzamos un amor, alimentamos un rencor; en definitiva, nos sentimos vivir, porque podemos hablar, recordar, pensar y porque nos sentimos empujados a conseguir cosas que añoramos, que no tuvimos o que perdimos.

Quizá nos pasemos la vida intentando tapar ese vacío inherente a la constitución del psiquismo humano. Pero ¿qué pasaría si lográramos hacerlo, si consiguiéramos todo, si no deseáramos nada más?: que nos encontraríamos en una situación parecida a la muerte. Porque seguir deseando es seguir viviendo. Por eso, siempre hay una distancia entre lo que se busca y lo que se encuentra, un cierto vacío, una falta de acoplamiento total, para que continúe la vida y la satisfacción de seguir realizando deseos.


 

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