El viaje que nos libera

 El pasado mes de agosto tuve la ocasión de regresar a la llamada “perla del Índico” la antigua isla de Ceylán, hoy conocida como Sri Lanka. La isla verde, cubierta de campos de té y repleta de bellas construcciones. Un viaje de dos semanas en compañía de excelentes amigos.

Estoy convencido de que es absolutamente imprescindible viajar para desarrollar una conciencia planetaria, para descubrir que la Tierra es un lugar muy pequeño y que el rincón más perdido del planeta está al alcance de mi mano. Creo que es erróneo pensar que el lugar donde vivo es el centro del universo y que, por tanto, es mejor que cualquier otro. La mejor forma de conocernos a nosotros mismos es aprender cómo viven los demás y experimentar como su forma de vivir nos hace sentir.

Existen magníficos libros de viajeros que cuentan de forma magistral cómo son los habitantes, los paisajes y la cultura de los países que visitan. También existen soberbios documentales que nos muestran el mundo en pantallas de televisión, pero las máquinas más sofisticadas jamás podrán sustituir los auténticos sonidos, luces, colores, aromas y sabores de cada lugar. Para descubrirlos es necesario llevar a cabo el gran viaje, donde cuenta más la emoción personal, la mirada del viajero, las ansias de conocer al extraño que el propio lugar de destino.El mejor viaje es aquel que se hace despacio, relajadamente y en compañía de buenos amigos. Justo por todo ello recordaremos siempre con cariño los maravillosos instantes vividos este verano en Sri Lanka. Donde la belleza del lugar se entremezclaba con la simpatía y la amabilidad de sus gentes. Lo más destacado no es la visita de hermosos lugares, sino la inconfundible sensación de ser testigo de otra forma de vida, de otra concepción del mundo. Aunque las ropas o la lengua fueran distintas e impidieran una comunicación fluida, en las miradas era posible percibir, si se miraba con atención y respeto, otro mundo, otro cosmos. Un ritmo diferente de caminar, de respirar, de vivir. Un regalo maravilloso del pueblo cingalés a los europeos que los visitan.

Y uniéndolo todo, los maravillosos templos budistas y los trayectos que los separan. Construcciones diferentes en cada localización, con formas diametralmente opuestas, siempre elaboradas, siempre armónicas. Rebosantes de espiritualidad.

El budismo llego muy pronto a Sri Lanka enraizándose, de-sarrollando una cultura basada en el respeto a la naturaleza, en el amor al prójimo. No es una religión, nos comentaba nuestro guía, sino una filosofía de vida. 

Y así avanzamos en un viaje extraordinario, mezclándonos con manadas de elefantes, respirando el aire limpio de las plantaciones de té. Y siempre, por encima del goce de los sentidos, la experiencia interior, los momentos de belleza, la irrepetibilidad de unos instantes mágicos. La experiencia de contemplar el inacabable verdor de la selva a nuestros pies, desde la mismísima habitación en Kandalama o aquella cena a más de 2000 metros de altura, rodeados de plantaciones de té en el exquisito Tea Factory Hotel, o la belleza del paisaje que solo puede superarse si después de cerrar los ojos para meditar en silencio, los abres lentamente para contemplar como el paisaje a tus pies se ilumina transformado con un resplandor que no existía unos momentos antes.

Emoción ante la belleza, gozo de compartir momentos inolvidables junto a personas amigas. El mar, la comodidad del hotel, los largos paseos en la playa. Descanso, los masajes, el Ayur Veda milenario y como no, la diaria cita ante la joyería del hotel para en grupo iniciar el preliminar y natural regateo que antecede a la compra de las fascinantes piedras preciosas: zafiros de un azul intenso, zafiros amarillos, acaramelados. Y así, cada día de vuelta a la joyería, en grupo, para tratar de obtener el mejor precio. Para luego juntarnos en el bar, antes de cenar para hacer cuatro risas que nos recuerdan que somos amigos, un grupo de amigos viajando juntos.

Historia, cultura y arte. Selvas. Inmensos Budas en piedras labradas y una espiritualidad diferente. Sonrisas abiertas y ojos brillantes sobre tejidos llenos de color. Montañas cubiertas de vegetación que cambian de color mientras el sol se pone. Y, sobre todo, la experiencia de compartir durante tantos días risas, canciones, silencios, comidas, viajes... ¡En una palabra: amor!

Frederic Solergibert


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Somos un grupo de amigos viajando juntos.