Epicuro y la felicidad.

“Ora sen va per un secreto calle, tra´l muro de la terra e li martiri lo mio maestro, e io dopo le spalle”

He aquí el inicio del canto décimo del infierno de “La Divina Comedia”. Dante empieza así su cántiga del circulo sexto del infierno. Lugar tenebroso donde los haya, tierra del más terrible sufrimiento. “Por una senda oscura va mi guía, entre el muro y los sepulcros, y yo le sigo de cerca amedrentado”. ¿Quién merece tan horrible sufrimiento? “En esta región tienen su cementerio Epicuro y todos sus seguidores, que creen que el alma muere con el cuerpo” responde el maestro Virgilio. ¿Quiénes eran Epicuro y sus seguidores para merecer estos sepulcros de fuego, esta atroz condena, por parte del Poeta?

Epicuro nació en Samos en el 341 aC. De padres atenienses, marchó por primera vez a aquella polis a los 18 años. Era el simbólico año 323 aC, año en que murió Alejando Magno, año que Aristóteles tuvo que marchar de la ciudad en que había vivido y enseñado durante tantos años, desde que Platón lo había acogido en la Academia cuando era un adolescente. Un exilio forzoso porque los ciudadanos pretendían acusarle de impiedad, una huida para evitar que los “atenienses pecaran otra vez contra la filosofía”, recordando el juicio y muerte de Sócrates. Los tiempos habían cambiado y la dura suerte del Estagirita, ilustre defensor del orden antiguo, el último representante de la filosofía clásica era un símbolo.

Los nuevos filósofos, Epicuro entre ellos, pertenecen a una nueva época. En vez de insistir en la educación de los ciudadanos, empezaron a reflexionar sobre el hombre solo y cosmopolita. Un hombre inmerso en una crisis que parecía universal. Un mundo que estaba cambiando demasiado deprisa para que el hombre se sintiera cómodo en él. Cuando a sus 35 años Epicuro retornó definitivamente a Atenas, fundó su escuela, “El Jardín”. No se trataba de un centro de estudios a la manera de la Academia o del Liceo aristotélico. Era más bien una comuna donde un grupo de amigos que se tenían por filósofos llevaban una vida retirada y tranquila. Eran unas personas que, tal y como ellos afirmaban, aspiraban a la condición de sabios.

Epicuro vivió en “El jardín” hasta su muerte en el 270 aC, poniendo en práctica, parece que de forma ejemplar, sus preceptos sobre la vida feliz. También puso por escrito, incansablemente, sus ideas, pero sus más de 300 tratados que parece que escribió, no se han conservado hasta nuestros días. Nos queda su magnífica “Carta a Meneceo” y las “Máximas Capitales” para poder vislumbrar y hacernos una idea de lo que el filósofo consideraba una vida feliz.

La gran pregunta que se formula Epicuro es ¿Cómo hemos de vivir?. Por ello, la ética es la culminación de toda su filosofía. Para él la felicidad era la consecuencia de una vida hedonista y la ausencia del miedo. En efecto, para nuestro autor, una vida ensombrecida por el miedo no puede ser feliz, porque felicidad y miedo son dos estados claramente antagónicos. Pensando y analizando sobre el miedo, Epicuro intuyó que el miedo a los dioses y el miedo a la muerte eran los dos temores básicos que impedían a los hombres de su tiempo ser felices. De ahí su conocida máxima para poder vivir sin ese temor a la desaparición física. Citemos al propio autor cuando en su “Carta a Meneceo” afirma: “Es un necio quien dice que teme la muerte no porque sufrirá cuando llegue sino porque sufre sabiendo que llegará. Porque aquello que no molesta cuando está, es absurdo que suframos por su espera. Sin duda, la muerta, el más terrorifico de los males, no nos afecta; por la simple razón que, mientras nosotros somos, la muerte no está. Y en cambio, cuando la muerte está presente, nosostros ya no somos”. La muerta no afecta a los que todavía vivimos ni a los que han marchado. Por la sencilla razón que para unos no existe y, los otros ya no existen.

Pero el aspecto más malinterpretado de su propuesta de felicidad es su defensa de una ética hedonista. Sabemos que el hedoismo es laidentificación de la felicidad con la búsqueda del placer y el rechazo al dolor. ¡Cuánta simplificación en estas palabras!. ¡Cuánta interpretación sesgada! Se ha utilizado la filosofía de Epicuro para defender la excelencia de una vida disoluta, desequilibrada e irracional. Una vida de falta de responsabilidad ante los demás y ante uno mismo. Una vida de sumergirse en la vorágine de las pasiones. Y nada más alejado de la propuesta de Epicuro. Leámosle. Su quinta “Máxima Capital” dice: “No se puede vivir con placer sin vivir con juicio, honestidad y justicia. Quien no tiene aquello que nos permite vivir con cordura, honestidad y justicia, no puede vivir con placer.” Y en su “Carta a Meneceo” recuerda que “De los deseos, algunos son naturales, los otros vanos. De forma que si los conocemos bien sabremos relacionar cada elección o cada rechazo con la salud del cuerpo y la tranquilidad del alma. Pues esta es la finalidad de una vida feliz”. Epicuro nos está hablando de moderación. De saber escoger si un deseo es real o es una quimera, una ilusión momentánea.

¿Quién decide entonces si un deseo es legítimo o no lo es? La respuesta está en la recta razón, en el sentido común. Porque Epicuro defiende una vida de moderación en la cual, antes de cada decisión, debemos valorar las consecuencias de una acción o de una omisión. Consecuencias que pueden ser a corto, medio o largo plazo. Por lo tanto, no se trata de buscar una vida de placer irracional e inmoderado, una vida propia de disolutos y crápulas como sostiene el propio filósofo. Se trata de saber escoger porque no todo aquello que parece un placer en realidad lo es, por lo que, “no todos deben ser escogidos porque a veces el bien se convierte en un mal y el mal en un bien”. ¿Y respecto al dolor? La tradición cuenta que Epicuro creía que para ser felices debíamos evitar todo dolor. Nada más alejado de la realidad, porque “no siempre debemos huir del dolor porque muchos dolores valen más que el placer siempre que llegue un placer mayor después del dolor”.

En un momento dominado por terrores e histerias colectivas, Epicuro propuso una felicidad basada en la responsabilidad personal. El hombre sabio es aquel que consigue orientar su vida hacia la felicidad, felicidad que se encuentra en el disfrute de los placeres naturales, en una actitud de calma y de moderación. Placeres que no sólo son del cuerpo sino que son, sobretodo, del alma. El cultivo de la amistad, la búsqueda de la verdad, una vida de conocimiento, de búsqueda de la felicidad. Sabio es quien sabe vivir una vida de plenitud.


M. Merçè Rios Figuerola es licenciada en Filosofía y Letras, especialidad en Historia  por la Universidad de Barcelona. Licenciada en Psicología por la Universidad de Barcelona. 

Profesora de Psicologia y Filosofia. Secretaria de la Fundación Educalia Mundi.

Trabaja como voluntaria social con personas enfermas en Salud y Desarrollo Personal

Puedes ponerte en contacto con M. Merçe Rios a través del correo: mercerios@yahoo.es