Este mundo es un lugar de tránsito

De todas las separaciones, la muerte es la más temida, tanto si nos concierne a nosotros como a una persona querida. De hecho, el que el nacimiento comporte la inevitable muerte como parte integrante de la vida es el origen de todas las religiones y el punto crucial para entender el significado de la vida.

La muerte se cuela en el estrecho círculo de nuestras atenciones bajo la forma de una noticia. Pronto, la curiosidad irresistible la despoja de su aspecto meramente informativo para penetrar en su condición material, bajo la pregunta ¿en qué consiste físicamente? Por fin, en tercer lugar, la muerte se destaca por encima de las explicaciones estrictamente fisiológicas para revelar su contundente dimensión de acontecimiento transformador. La interrogante es, entonces, ¿qué significa en sí mismo este final irreparable?, es decir, ¿adónde va el difunto? y ¿qué quiere decir su partida a los familiares y amigos?

Desde otro punto de vista, en estos tiempos donde se da una extrema distancia entre las personas y el mundo, puesto que entre ambos se interpone el brillo voluble del televisor, contemplamos la muerte estadística: la de las hambrunas del África o la de los accidentes de tráfico. Pero, a pesar de ello, todo se vuelve sorpresa y dolor cuando es el deceso de los más cercanos y enigma aterrador cuando, al fin, por la enfermedad o la edad, debe asumirse dignamente en primera persona. Únicamente en tal momento se comprende su radicalidad y se acepta su incomprensibilidad. Es entonces cuando se nos prueba el grado de madurez que realmente poseemos.

Ilustración: Montserrat Gudiol (Barcelona, 1933)

El ser humano es el único ser viviente que sabe de su muerte. Sólo él hace de su final una anticipación y un elemento integrante de su propia vida. De hecho, la muerte es más una preocupación de los que seguimos aquí que de los ya ausentes. Sin embargo, por ello mismo, racionalmente nada puede decirse con relación a lo que haya más allá del misterioso último instante. No hay experiencia de la muerte; por eso no sólo todos somos aprendices en ella, sino que escapa a toda descripción y a toda imaginación. Sin duda, es legítimo el miedo que inspira su trance físico, pero es todavía mayor el que suscita la ignorancia de lo postrero y en particular el temor de la desaparición del yo. Si la muerte intimida terriblemente es porque el Ser quiere ser, la vida anhela no dejar de vivir. El Yo se constituye de recuerdos, deseos y vínculos, un todo que teme llegar a perderse.

Tememos a la muerte por el dolor que puede implicar, y por el pensamiento de que con ella dejamos de existir. Ese concepto es erróneo. Los científicos que han observado el comportamiento de cientos de moribundos coinciden en el estado de felicidad que muestran sus rostros los cuales irradian una increíble serenidad. La muerte es tan imperceptible que los moribundos no advierten el fenómeno. En este sueño, las personas son felices y no tienen problemas. Decía Platón que los vivos vienen de los muertos y los muertos de los vivos, pues es un acto natural que todo lo que nace debe morir y todo lo que muere debe nacer.

Vivimos como en permanente despedida, decía Rainer María Rilke. Es por ello que debemos ser capaces de comprender que no sólo la muerte, sino también todo abandono es una pérdida, un morir de un modo de ser, de vivir, de estar en relación; para abrirse a nuevos modos de ser, para nacer a nuevas relaciones, a nuevos desafíos. La vida esta repleta de pequeñas muertes. De hecho, el crecimiento de toda persona está ligado a su capacidad de gestionar de modo constructivo las pérdidas de su vida, ya sean de ambientes, bienes materiales, valores religiosos, lazos afectivos, de la salud o de las personas queridas. Detrás de toda pérdida hay siempre un nuevo comienzo.

Los místicos de todas las religiones afirman de que antes de que asumiéramos esta forma física éramos espíritus y que al morir nos convertiremos en espíritus. Señalan que somos espíritus cuando dormimos, puesto que al soñar no mantenemos ninguna identificación con el cuerpo físico. Al morir, separada la conciencia del cuerpo renace en otra dimensión y se siente libre de la cárcel del cuerpo. Es un nuevo estado para el espíritu, que sumido en el comercio del mundo material, olvidó su origen divino. Por ello siempre, al momento de morir, viene hasta los umbrales entre lo visible e invisible, un ser resplandeciente que nos acompaña hacia el mundo celeste. Quienes mueren nos tienen compasión y nos bendicen. Así pues ¿por qué tenemos que afligirnos por su muerte? Detrás de cada muerte hay un nuevo comienzo, tanto para el difunto, como para los que convivimos con él.

La muerte forma parte de la vida, el morir es sombra inexpugnable y, al mismo tiempo, intensa luz que alumbra nuestra verdadera situación. Sin la muerte la vida humana se desdibujaría perdiendo valor. En efecto, en la carencia de un límite, el tiempo de la existencia se dilataría indefinidamente y las horas resbalarían con indolencia, carentes del valor de su irrepetibilidad. Por lo tanto, la conciencia de la muerte se hace conciencia de la vida: de la fugacidad y la irreversibilidad de los días, de la contingencia y la fragilidad que sostienen la existencia, de la pequeñez en que está inmersa la inmensidad de lo humano. Es la certeza del plazo acotado lo que apresura al vivir en la conquista de su propio valor. La muerte pone en marcha la vida de cada uno, en tensión hacia alguna forma de plenitud. No sólo se desea ser feliz, sino que se procura serlo porque el tiempo no cesa. Este es el valor de la muerte.


Frederic Solergibert Sorni

Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona. Psicoterapeuta y Consultor. Autor de "Lo que no se ve" y Bajo el árbol amigo" libros publicados en España por Ediciones Urano.

Consultor en Astrología Psicológica. Consultas en Madrid, Barcelona y Gran Canaria.

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