La Casa de Dios

Era un viaje de vacaciones, pero el padre deseó transformarlo en un viaje de cultura. Por eso, los países visitados y los lugares fueron debidamente seleccionados. Llevaba a su esposa y a sus hijos a los museos, salas de arte, bibliotecas, universidades a fin de que vieran, en vivo, la historia del hombre en pinturas, libros, arquitectura.

Viejos castillos, unos conservados, otros solo en ruinas, fueron visitados. Y el padre se esmeraba en mostrar detalles, que señalaban el esfuerzo del hombre para defender su casa, sus tierras, de otros hombres. Allí, el castillo feudal se había erguido en un punto estratégico, permitiendo que desde las torres de vigía se pudiera ver de muy lejos al eventual enemigo que deseara llegar por vía fluvial. En otra instancia, la imponente construcción de piedras se había erguido exactamente en un lugar próximo a una inmensa pedrera, facilitando la adquisición de materia prima. Entre las ruinas de lo que había sido un castillo inmenso, erguido justo en lo alto, dominando el paisaje, señalaba una pequeña puerta de madera, casi oculta entre un follaje: la puerta de la traición. Una que fue dejada abierta para que los enemigos entraran y tomaran lo que era considerado un lugar inaccesible.

Y así transcurría el viaje, lleno de colores, de vivacidad, historia y anotaciones.

Pero después de haber visitado antiguas iglesias de extraordinaria arquitectura y riqueza sin igual, uno de los niños se volvió hacia su padre e hizo la pregunta:

Papá, ¿por qué las iglesias tienen torres tan altas?

El padre se detuvo un momento. Él había leído mucho para ser el guía cultural en aquellas vacaciones. Se esmeró en aprender sobre arquitectura, pintura, historia. Pero no se acordaba de haber leído nada al respeto. Recordó rápidamente la visita a la iglesia de Saint-Michel, en el monte del mismo nombre, en Normandía. Allí, la estatua del arcángel San Miguel culmina en la torre de 32 metros.

Rápidamente aún recordó de otras iglesias visitadas, algunas erguidas en lugares altos, privilegiados y con sus torres escalando hacia el cielo. Y estaba listo para abrir la boca y hablar de arquitectura, de la influencia de los estilos, cuando el hijo menor, dijo:

Pues, es sencillo: las iglesias tienen torres puntiagudas para llevar más rápido las oraciones de las personas a Dios. Es como una torre de transmisión de radio o telefonía.

Respuesta sencilla de alguien que recordó que los templos visitados, mucho antes de la riqueza arquitectónica, de los arabescos, de los estilos de esa o aquella época, son lugares de oración. Templos que el hombre irguió, a través de los tiempos, en todas las épocas, con la intención de tener un lugar para hablar con Dios.

Un abrigo, un refugio para dialogar con la Divinidad.

Así, utilizamos nuestra mente y corazón para erguir torres que atraviesen los cielos con los poemas de la oración.

Esas torres, seguramente, serán inigualables en altitud porque los versos viajarán por las antenas del pensamiento hasta alcanzar su objetivo en el plano espiritual.

Las iglesias, los templos de todas las religiones son la Casa de Dios, poco importa quién sea el inquilino. Son lugares para entrar en contacto con Dios a través de la oración.

Piensa en eso, piénsalo ahora.


Texto extraído del Programa Radiofónico:

Momento Espirita, que se emite desde 1992 en Paraná, Brasil. 

Adaptación y traducción al español de Salud y Desarrollo Personal.