La Soledad: Un camino seguro hacia la infelicidad

La soledad es una de las principales causas de la infelicidad y, aunque no constituye en sí misma un trastorno psicológico, va asociada a sentimientos de descontento y ansiedad que con cierta frecuencia desembocan en depresión.

La soledad es, frecuentemente, una de las más dolorosas experiencias que se manifiestan en nuestra vida y, aunque el grado en que se experimenta el sentimiento de soledad varia de forma considerable, los seres humanos tratamos de huir de este estado anímico, buscando nuevas vías de desarrollo personal que nos permita superar este estado.

Las condiciones de vida contemporáneas han contribuido de forma notable a incrementar el sentimiento de aislamiento. La movilidad de población o el cambio frecuente de domicilio, lo que implica cortar lazos familiares, vecinales y de amistad. El tipo de relaciones sociales que se establece en la gran ciudad, más formales, frías y menos íntimas que en los pueblos. Las escasas relaciones con la familia, actualmente tendemos a convivir solos. El incremento de separaciones y divorcios. Y el auge de valores culturales individualistas, como la competividad y la búsqueda del éxito personal. Son la mayoría de las veces el inicio de un proceso que nos conducirá a la soledad.

Para muchas personas la soledad puede ser preferible a una mala compañía, “más vale estar sólo que mal acompañado” dice el refrán popular, pero generalmente el estar sólo comporta tristeza y depresión. Aunque no siempre es así, puesto que la soledad puede convertirse en una experiencia positiva, en fuente de riqueza creativa, como ha ocurrido con algunos escritores, artistas, fundadores de religiones o genios científicos que fueron forjados en la soledad. Y es que el tiempo de soledad permite que desarrollemos más nuestra vida íntima, realizando actividades como pintar, leer, escuchar música, practicar aficiones y, en general, desarrollar aspectos originales, a veces, creados por nosotros mismos. También la soledad puede posibilitar un carácter reflexivo, profundo y rico, que otorgará consistencia y seguridad a nuestro mundo interior, por encima de los vaivenes de la vida. La soledad puede ser también una experiencia agradable y productiva cuando es deseada, elegida, aceptada. Pero cuando no lo es se convierte en amargura, en una experiencia no deseada que nos vemos obligados a soportar a la fuerza, por limitaciones de nuestro carácter o por graves frustraciones de la vida, como es la muerte de un ser querido o el divorcio.

La soledad ha sido llamada el “mal del siglo” y acecha al ser humano en cualquier edad de la vida. Recientes investigaciones han demostrado que la soledad es una de las principales causas de la infelicidad y, aunque no constituye en sí misma un trastorno, va asociada a sentimientos de descontento y ansiedad que frecuentemente desembocan en depresión. El alcohol, las drogas y otras adicciones son frecuentemente compañeros de viaje de la soledad, que ayudan a hundir más al solitario en su soledad.

No es lo mismo estar sólo que sentirse sólo. Lo primero es un estado objetivo, que puede apreciar cualquier observador, e implica aislamiento puramente físico de los demás. La persona que se siente sola, en cambio, se halla inmersa en una experiencia subjetiva, en lo que podríamos llamar incomunicación psicológica. Esta experiencia dependerá de cómo interprete la situación en que se encuentre. Consecuentemente, uno puede estar una tarde sólo en casa, aislado físicamente del contacto con los demás, sin sentir su soledad como sufrimiento. Incluso puede ser una soledad muy deseada para dedicarse a asuntos personales. Pero también es posible que uno se encuentre rodeado de gente, o en medio de una multitud y se sienta completamente sólo y también infeliz.

Es este carácter subjetivo de la soledad uno de los tres elementos que la constituyen. En una persona sola se advierten también estos dos elementos: deficiencias en las relaciones sociales (especialmente por la carencia de intimidad) y una experiencia desagradable de insatisfacción.

Con respecto a las carencias en las relaciones, estas pueden referirse tanto al hecho de que se desea un número de contactos sociales mayor del que puede encontrarse como a un grado insuficiente de intimidad. En el primer caso puede hablarse, siguiendo a Weiss, de soledad social y en el segundo de soledad emocional. En el caso de la soledad social, uno se lamenta de no tener amigos o conocidos con los que compartir intereses y actividades. Respecto a la soledad emocional, es en ella donde se aloja el núcleo de la más típica experiencia de soledad, que consiste en la ausencia de un vínculo profundo, íntimo con una persona en particular. Se tiene la sensación de que nadie te aprecia, ni te comprende o de que a ninguna persona le importan tus problemas.

No es lo mismo una soledad crónica (el caso de un muchacho que siempre anda sólo) que una soledad pasajera como por ejemplo,en el curso de un viaje. En el primer caso la soledad es un rasgo de la personalidad, más o menos permanente, mientras que en el otro caso solamente es el resultado de una situación concreta y transitoria. El individuo que ve su soledad como un estado puramente temporal es menos probable que se angustie y, por consiguiente, que se sienta infeliz.

Más preocupante es el caso de quien sufre la soledad- rasgo de la personalidad. Es el típico individuo solitario, a quien raramente se le ve acompañado o en grupos. La soledad parece ser un elemento constitutivo de su personalidad que puede haber calado en las capas más profundas. Diversos estudios, como los de Peplau o Jones, han confirmado que la soledad suele darse en personas con baja autoestima, que acostumbran a verse a sí mismos en términos negativos. No es que no necesiten comunicarse con los demás, sino, simplemente, que se sienten incapaces de conseguirlo después de haberlo intentado y, tal vez, de haber sufrido dolorosos fracasos. 

 


 

EL CICLO DE LA SOLEDAD 

1. Creencias negativas hacia sí mismo.

A causa de sus fracasos pasados en situaciones sociales, los individuos solitarios se ven a si mismos como fracasados y están convencidos de que fracasarán al tratar a los demás. Tienen poca autoestima, tienden a rebajar sus méritos y se sienten incapaces ante las relaciones sociales. Creen que su timidez es invencible y que es inútil luchar contra ello.

Lo mismo que el deprimido se ve envuelto en un círculo inacabable de pensamientos y conductas, también el solitario crónico cae en su propia trampa. Se deja arrastrar por el pensamiento negativo culpándose de sus deficientes relaciones sociales. Quién cree que va a fracasar acaba fracasando por su falta de confianza.

2. Conducta con poca habilidad social.

El solitario da pruebas de una manifiesta torpeza social. Le resulta difícil desplegar actividades sociales como presentarse ante los otros, llamar por teléfono y participar en grupos. Carece de habilidades sociales, no sabe ser agradable, demostrar que gusta de la compañía de otros, tratarlos cordialmente y ganar su afecto. Tampoco logra enviar signos positivos a otros a través de comunicaciones no verbales.

El solitario se comporta con los otros de forma poco agradable. Cuando está en público se siente más consciente de su ser: inseguro de sí mismo y ansioso; cuando conversa con un extraño se conduce de forma más egocéntrica, hablando más de sí mismo y mostrando menos interés por su interlocutor. Es poco inclinado a revelar su intimidad y, cuando la descubre, se comporta de forma inapropiada: demasiado íntimo con los de su mismo sexo y superficial con el sexo opuesto; tiende a refugiarse en la ironía o en el cinismo al tratar con los demás.

3. Rechazo de los otros.

La tendencia al encogimiento corporal del solitario y la forma de tratar a los demás, con desconfianza y sin cordialidad, no constituyen una buena tarjeta de presentación. Con su conducta inadaptada, el solitario ahuyenta a los que podían haber llegado a ser amigos suyos y contribuye a que los demás le miren con malos ojos.

4. Retirada a la soledad.

Sólo el repliegue en su propia concha permite un mínimo de seguridad al que se siente rechazado por los demás. La soledad tiende a consolidarse con el tiempo: los solitarios están convencidos que su situación no puede cambiar.

La depresión e infelicidad que acompañan al aislamiento refuerzan las creencias negativas hacia sí mismo y reinician el proceso circular de la soledad haciendo en muchos casos imprescindible ayuda terapéutica como la que se realiza en Salud y Desarrollo Personal.


 

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