Los animales, nuestros hermanos

Los animales, nuestros hermanos. Cuando nacen despiertan la atención y el cariño de los humanos. Son graciosos, frágiles, y tan pequeños.

Perritos de razas diversas son solicitados por los niños que hacen de ellos sus juguetes. Así, son llevados a casa. A veces, son adquiridos por sus precios altos, en razón del pedigrí, de la pureza de su raza. 

Mientras son pequeños todo es travesura, propia de quien está descubriendo el mundo a su alrededor. El niño lo lleva a todas partes y el perrito lo sigue, siempre fiel. No es raro que duerman juntos, y en la mesa el perrito se queda al lado, aguardando los trocitos de comida que el pequeño le pone en la boca.

Juegan juntos en el jardín, en el interior de las casas, en la piscina. Pero el niño no siempre es cuidadoso y a veces pisa la cola del perrito, le tira de las orejas, lo aprieta en demasía. Con dolor, el animal ladra un poco sofocado, pero continúa fiel, sin quejarse por la agresión, aunque sea involuntaria. 

Saltan, juegan, corren uno detrás del otro, mientras las horas van sumando los días...

Crece el animal. Ahora ya no es tan gracioso. Su pelo está por todas partes y porque nadie le ha enseñado lo que él podía o no hacer, es castigado porque estropeó el sofá del salón. Porque mordió la alfombra nueva. P

orque destrozó la pelota con los dientes. Y hasta porque hizo sus necesidades fisiológicas en lugares inapropiados.

El niño también crece. Sus intereses cambian. Cierto día, el animal que vivía junto a la familia, dentro de la casa, amado por todos y teniendo la confianza doméstica, es echado al patio. Pero, como él allí hace agujeros, ensucia el suelo del garaje, es sujetado con un collar o una cuerda. Si al menos fuese en un lugar confortable. Pero, a veces se queda expuesto al sol, a la lluvia, al viento. Aprisionado.

Él desea correr, saltar. Su cola se mueve con cada ruido conocido que sus oídos registran: el coche llegando, la algarabía de los niños volviendo de la escuela, el ruido de la pelota golpeando el muro, el suelo, la mano, el muro... Cuando las luces de la casa se encienden, se queda mirando, aguardando que alguien se acuerde de él.

Finalmente, cierto día se lo llevan en el automóvil de la familia. Él va contento. El viaje es largo, por carreteras sin fin. Finalmente el automóvil estaciona. Salta hacia afuera esperando que alguien lo llame, que corra detrás de él. Pero en seguida percibe que el automóvil cierra sus puertas y arranca, perdiéndose en el polvo de la carretera. Él corre, intenta alcanzarlo. ¿Por qué ellos no se detienen? ¿Por qué le olvidaron? Indeseable, ha sido abandonado.

Desde ese momento su vida será una peregrinación por las carreteras, por calles, buscando alimento, agua, un lugar donde vivir. -Perro sin dueño, escucha por doquier. -No te acerques. -Te puede morder. No lo toques. Debe estar enfermo. Mira cómo está de delgado.

Perro de nadie. Sus días terminarán bajo las ruedas de un automóvil, por enfermedad o tristeza.

Mirando a nuestras mascotas, analicemos como las estamos cuidando. Son seres vivos: tienen hambre, sed. Sienten cansancio, calor, frío. Ante todo necesitan de afectividad y atención.

Los animales están bajo la guardia y la protección de los hombres. Así dispuso la Ley Divina: que ellos sirvan al hombre y que el hombre a su vez los proteja y los ampare. No perdamos de vista este deber hacia nuestros hermanos inferiores, los animales.