Sri Lanka - La Perla del Índico - Agosto 2010

Serendib, que significa “descubrir por casualidad algo bello e inesperado”, fue el nombre con el que bautizaron a Sri Lanka los navegantes árabes que en los primeros siglos de nuestra era arribaban a sus costas para comerciar con los ricos productos que la isla ofrecía: canela, clavo, pimienta, piedras preciosas, maderas nobles, elefantes y pavos reales.

Ytodavía hoy esta definición se antoja apropiada para los viajeros que recalan en esta isla casi por casualidad y la mayoría queda maravillada sin esperárselo, porque Sri Lanka es un país precioso. Precioso y pequeño, ya que mide 435 kilómetros de norte a sur y 225 de anchura máxima. El mapa de Sri Lanka sugiere una lágrima que vertió la Madre India, quizás debido a la historia de desastres políticos, bélicos y naturales que han sacudido esta tierra amparada por Buda y el panteón hindú, donde se puede disfrutar de los bellos arenales bañados por el Índico, de las montañasdonde se cultiva el mejor té del mundo, de ruinas de impresionantes ciudades budistas e hindúes abandonadas en el interior o deleitarse contemplando el baño de las crías de elefantes salvajes en el orfanato de Pinnewala.

Colombo, sobre la costa occidental, es una ciudad con más de un millón de habitantes, agradable, exótica, colorida, con ese ambiente pastoso de olor a lima y salitre que desprenden las urbes con un malecón lamido por aguas cálidas y vientos monzónicos. A lo largo del viejo muelle se extiende el barrio de Fort, donde se alzaba una fortaleza ocupada por portugueses y holandeses, y aparece el sempiterno hotel decimonónico y colonial, erigido por los británicos. En el centro, entre mercados con olor a especias y edificios casi a punto de derrumbe, la omnipresente religiosidad se manifiesta en templos budistas como el Isipathanaramaya, con sus interesantes frescos; en los kovils o santuarios hindúes del barrio de Pettah, y en mezquitas tan hermosas como la Grand Mosque o la Jami Ul-Afar, erigida en 1909 con su fachada de ladrillos blancos y rojos.

Kandy, casi en el mismo centro de la isla, es el centro religioso del país –la segunda ciudad en importancia del país–, donde reside el templo Dalada Maligawa, guardián de un diente del maestro Siddarta Gautama Buda, la sagrada reliquia guardada desde tiempo inmemorial en el templo. Las dos principales religiones de Sri Lanka, son una síntesis de budismo e hinduismo, a las que sigue el Islam, con un 8 por ciento de practicantes y similar porcentaje de cristianos.

Desde Kandy, hay que partir hacia el norte para visitar tres joyas arqueológicas en la lista de la UNESCO las ciudades antiguas de Polonnaruwa y Anuradhapura y la montaña de Sigiriya. Polonnaruwa y Anuradhapura, en poder de la dinastía Chola del sur de India en el siglo X, fueron reconquistadas un siglo más tarde por el rey cingalés Vijayabahu I, quien ordenó construir en ambas urbes templos budistas –con las características y misteriosas estelas lunares a la entrada–, enormes imágenes del Maestro en meditación o en el reposo del momento de abandono definitivo del cuerpo, estanques, lagos artificiales e impresionantes palacios y monasterios.

Galle es la ciudad que tradición identifica con el bíblico puerto de Tarshis, donde el mismo rey Salomón mandaba adquirir sus cargamentos de piedras preciosas, especias y aves exóticas. Los portugueses se establecieron en Galle a finales del siglo XVI y levantaron el fuerte de Santa Cruz, que fue derruido por los siguientes colonizadores, los holandeses, quienes en 1663 construyeron lo que hoy es su gran monumento, el Fuerte, que rodea la ciudad antigua y que, junto con las antiguas mansiones de los mercaderes de su interior, están catalogados como Patrimonio de la Humanidad. Después de recorrer los bastiones del Fuerte y de caminar por los callejones del viejo puerto entre iglesias holandesas y casas de comerciantes coloniales, en Galle hay que tomarse un respiro en forma de té.

Si la costa de la mitad sur de Sri Lanka ofrece algunas de las más bellas playas tropicales del planeta, el interior presenta un idílico ecosistema de junglas donde viven casi tres mil elefantes en libertad y bastantes menos leopardos, planicies con los restos de las capitales y monasterios medievales de los reinos budistas, y montañas de clima fresco donde se cultiva té.

Con algo más de veinte millones de habitantes, cingaleses, tamiles y los llamados moros de Sri Lanka –herederos de los navegantes árabes– configuran el mapa étnico del país, que tiene su reflejo en la cultura nacional. La influencia del vecino gigante indio es palpable en templos, pagodas y mezquitas, en los usos sociales, en los saris multicolores de las mujeres, en la música y la danza y en el curry de la gastronomía, mientras que la forma de vida marcada por el budismo, que arraigó con los misioneros enviados por el emperador indio Ashoka en el sigloIII aC, impregna la idiosincrasia de Sri Lanka.

Resultado de esta mezcolanza de razas y hábitos, los srilankeses se muestran ante el visitante, a semejanza de los habitantes de los países de su entorno, abiertos, amables, alegres, buscavidas y curiosos. El país vive con ansiedad el retorno del turismo, optimista ante los acuerdos de paz alcanzados entre los Tamiles y el Gobierno.


 

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