Vivir en libertad

“La vida consiste en vivir por cuenta propia”, escribe Thomas Merton en su magnífico “Aprendiendo a vivir”. Pero, ¿Cuál es sentido de estas palabras? Vivir por cuenta propia significa conocer quién se es realmente, significa saberse definir de forma real, objetiva y auténtica. Se trata de no autoengañarnos con una definición arbitraria sobre nosotros mismos, una visión sin duda prefabricada por el mundo en que vivimos. Porque para vivir en libertad es necesario aprender a vivir. Aprender a vivir nuestra propia vida en relación con nuestra esencia, con nuestra raíz. A veces podemos preguntarnos: ¿Se trata de algo sencillo? ¿No será un anhelo imposible? ¿Podríamos tener el atrevimiento a empezar esta tarea? El problema, si es que existe, es que quizá nadie nos ha dicho, ni mucho menos convencido que podemos intentarlo. Nadie, ni tan siquiera nosotros mismos, nos hemos susurrado tal posibilidad.El propósito último de la educación sería el de guiarnos hacia nuestro propio autodescubrimiento para así conocer y aprovechar nuestras potencialidades y poderlas ofrecer al mundo. Porque una vida orientada al auténtico conocimiento nos lleva a la libertad. Libertad para elegir la propia vida y encontrarse a uno mismo en el nivel más profundo posible. “La libertad”. No la libertad en letra menor del “haz lo que quieras”, “eres libre”, aquella que nos proponen los mensajes publicitarios que nos bombardean constantemente. No se trata de la “libertad” que nos propone un mundo donde todo se cree que se puede comprar y vender. Una “libertad” así no merece este nombre porque es algo superficial, un vagar sin meta de un lugar a otro, de una moda a otra. Somos libres (¿?) para cambiar de teléfono móvil, para leer el último libro que todo el mundo lee, para conectarnos a Internet, para consumir telebasura, para, para, para….. Pero la persona no es LIBRE en el sentido real de la palabra porque no conlleva el enfrentarse al riesgo de descubrirse a uno mismo. Y descubrirse a uno mismo siempre es un riesgo, para algunas personas, quizá intolerable. ¿Por qué sino el excesivo consumismo? ¿Por qué el ir de un lado a otro, desplazarse mucho, correr siempre? ¿Por qué cotillear la vida de los demás? ¿Quizá si nos detuviéramos momentáneamente no lo soportaríamos? Con tanto correr, tantas prisas y tanto ruido es imposible el autodescubrimiento, es imposible la clase de libertad de la que estamos hablando.

Sólo el descubrirse a uno mismo nos puede permitir vivir por la cuenta propia que decíamos al principio. Pero, ¿no será una provocación intentar descubrirse a uno mismo ?, ¿cómo hacerlo si no nos han educado para ello?. La identidad interna no se encuentra como podemos encontrar un objeto; no se compra, no está a la venta, no se consume. Seguramente uno la encuentra cuando deja de buscar. ¿Evidente paradoja? No si lo vemos desde el punto de vista de la búsqueda silenciosa. Debemos aprender a quedarnos quietos, a esperar. No es necesario que nadie nos diga quiénes somos, no es necesario que ningún libro actúe de inspirador.Pero larespuesta está en la profundidad infinita de nuestra conciencia, en el fondo del propio ser; allí donde mora nuestra más interna esencia, nuestro ser indestructible. Ese yo desnudo que es la raíz de nuestro ser. Conocerse es rendirse a algo inefable, a algo indescriptiblemente superior que está en nosotros mismos. Pero, para rendirnos, primeros hemos de encontrarnos. Porque nadie puede dar su propio ser y rendirse si previamente no lo posee, no se conoce. Porque no podemos dar lo que no poseemos, como no podemos renunciar a aquello que nunca hemos tenido ni hemos vivido.

Descubrirse, ir a la raíz para ser libres, todo ello necesita coraje por nuestra parte. Coraje, rigor y paciencia. Ellos son la base de la simplicidad, la simplicidad necesaria que nos va a permitir vivir aquella parte de nosotros mismos que sólo se vislumbra cuando, gracias al poder de la meditación o de la oración, accedemos a ese silencio. Un silencio que nos hace percibir la realidad, que nos la hace respetar ahí donde las palabras la habían profanada. Y este silencio, ese ir a la raíz es lo que nos aporta la necesaria libertad para ser vivida. Aquella libertad que nos empuja a vivir. Porque la vida espiritual es, ante todo, vida.

Acabemos simbólicamente. Dante en “La Divina Comedia” describe la salida del purgatorio y la entrada en el paraíso con estas palabras: “Mira el sol que esplende ya en tu frente; mira la hierba, las flores, los arbustos que este suelo produce por si solo. No esperes más palabras mías ni mi gesto: ahora es tu albedrío libre, sano y recto, y no puede ya fallar en tus propósitos. Por lo que yo te corono en tu propio señor y guía”. Aquel que vive en el silencio, aquel que permanece consigo mismo, abandona la triste oscuridad y entrevé una vida en libertad.


M. Merçe Ríos Figuerola es licenciada en Filosofía y Letras, especialidad en Historia  por la Universidad de Barcelona. Licenciada en Psicología por la Universidad de Barcelona. 

Profesora de Psicologia y Filosofia. Secretaría de la Fundación Educalia Mundi.

Trabaja como voluntaria social con personas enfermas en Salud y Desarrollo Personal

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