Yo y nosotros

Dicen que la poesía, la música y las historias son un regalo. Un regalo que tenemos los humanos para expresar y compartir sentimientos, experiencias y emociones. Les voy a recordar una historia que quizá oyeron. Una historia que es toda ella un símbolo. Una breve narración que, como los cuentos llenos de símbolos, nos llega directamente a la emoción. Comprendemos, simplemente compren-demos porque lo que leemos nos llega al corazón.

Dicen que había un hombre que regularmente asistía a las reuniones de un grupo determinado. Podía tratarse de un grupo de oración, un grupo de meditación, de acompañamiento al dolor, alcohólicos anónimos. No importa. Asistía a un grupo y se encontraba bien en él, ayudando y compartiendo se sentía feliz. Sin previo aviso y sin causa explicable dejó de asistir a las reuniones que frecuentaba. Nada sabían de él. ¿Estaba enfadado? ¿Quizá decepcionado? ¿Nos comunicamos con él? ¿Por teléfono? ¿Le sugerimos que vuelva? Pero, ¿No sería inmiscuirse en la libertad de otra persona? Entonces, ¿Lo ignoramos, no le decimos nada? ¿Qué hacer?

Después de algunas semanas una persona del grupo decidió visitarlo. Fue a su casa, en una noche muy fría de invierno. Lo encontró sentado ante la chimenea, un hogar con un fuego brillante, cálido y acogedor.

Intuyendo el motivo de la visita. El hombre le dio la bienvenida y lo condujo hasta el sillón cercano a la chimenea. Ambos se quedaron quietos, esperando y observando el fuego. Se hizo un gran silencio, penetrante. Los dos hombres sólo contemplaban la danza de las llamas, su resplandor, el ruido de los troncos al quemar.

Al cabo de unos minutos, el visitante observó con atención las brasas que se formaban. Cuidadosamente seleccionó una. La más incandescente de todas, la brasa más brillante. La apartó del fuego, la aisló de las demás. Y volvió a sentarse. Y volvió a observar absorto en el silencio. Inmóvil.

El anfitrión miraba todo, fascinado, quieto. En poco rato la llama de la brasa solitaria disminuyó hasta que sólo se percibió un brillo momentáneo. Finalmente se apagó. En poco tiempo, lo que antes era una fiesta de calor, color y luz, ahora no pasaba de ser un negro, frío y muerto pedazo de carbón recubierto de una espesa capa de ceniza grisácea. Polvo.

Ninguna palabra había sido dicha desde el protocolario saludo inicial de los dos amigos. Sólo el silencio y la mirada. El visitante, se incorporó de nuevo. Se dirigió hacia el fuego. Cogió nuevamente el carbón frío e inútil y lo puso nuevamente en su lugar inicial, en medio del fuego, junto a las demás brasas. Casi inmediatamente se volvió a encender alimentado por la luz y el calor de los carbones ardientes en torno a él.

Cuando el visitante alcanzó la puerta para salir, el anfitrión le envolvió en un caluroso abrazo. Gracias por tu visita, gracias por tu lección. Regresaré al grupo.

A los miembros del grupo vale recordarles que forman parte de la llama, que alejados del grupo pierden parte de su fuego, brillo y calidez. Un fuego fuerte, eficaz y duradero depende de mantener siempre encendida esa llama que forma cada uno de sus componentes.


M. Merçe Ríos Figuerola es licenciada en Filosofía y Letras, especialidad en Historia  por la Universidad de Barcelona. Licenciada en Psicología por la Universidad de Barcelona. 

Profesora de Psicologia y Filosofia. Secretaria de la Fundación Educalia Mundi.

Trabaja como voluntaria social con personas enfermas en Salud y Desarrollo Personal

Puedes ponerte en contacto con Merçe Rios a través del correo: mercerios@yahoo.es