| Estoy convencido de que es absolutamente imprescindible
viajar para desarrollar una conciencia planetaria, para descubrir que la Tierra es un
lugar muy pequeño y que el rincón más perdido del planeta está al alcance de mi mano.
Creo que es erróneo pensar que el lugar donde vivo es el centro del universo y que, por
tanto, es mejor que cualquier otro. La mejor forma de conocernos a nosotros mismos es
aprender como viven los demás y experimentar como su forma de vivir nos hace sentir.
Existen magníficos libros de viajeros que cuentan
de forma magistral cómo son los habitantes, los paisajes y la cultura de los países que
visitan. También existen soberbios documentales que nos muestran el mundo en pantallas de
televisión, pero las máquinas más sofisticadas jamás podrán sustituir los auténticos
sonidos, luces, colores, aromas y sabores de cada lugar. Para descubrirlos es necesario
llevar a cabo el gran viaje, donde cuenta más la emoción personal, la mirada del
viajero, las ansias de conocer al extraño que el propio lugar de destino.
El mejor viaje es aquel que se hace despacio,
relajadamente y en compañía de buenos amigos. Justo por todo ello recordaremos siempre
con cariño los maravillosos instantes vividos este verano en Guatemala y México. Donde
la belleza del lugar se entremezclaba con la simpatía y la amabilidad de sus gentes. Lo
más destacado no es la visita de hermosos lugares, sino la inconfundible sensación de
ser testigo de otra forma de vida, de otra concepción del mundo. Aunque las ropas o la
lengua fueran a veces, que no siempre, parecidas a las nuestras, en el secreto de las
miradas era posible percibir, si se miraba con atención y respeto, otro mundo, otro
cosmos. Un ritmo diferente de caminar, de respirar, de vivir. Un regalo maravilloso de los
descendientes del pueblo maya a los hombres blancos que los visitan.
Y uniéndolo todo, las maravillosas ruinas mayas y
los trayectos que las separan. Construcciones diferentes en cada localización, con formas
diametralmente opuestas, siempre elaboradas, siempre armónicas. Teniendo en común tan
sólo la plaza central y su juego de pelota ritual, ciudades que parece hubieran sido
labradas para reflejar en su individualidad las peculiaridades de cada entorno: sobre la
selva de altas copas de Tikal se elevan unas pirámides esbeltas más altas que los
arboles más altos como para evitar no ser vistas; densos laberintos de construcciones
entrelazadas son espejos de las colinas que las bordean en Palenque; o las magníficas
montañas artificiales que son las pirámides de Chichén Itzá.

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Y como música de fondo, las explicaciones de un guía excepcional, Jorge
Fuentes, que convirtió su labor "rutinaria" en un hermoso ejemplo de
dedicación y entusiasmo, descubriéndonos infinitos detalles, grandes y pequeños ocultos
a la mirada superficial.
Y siempre, por encima del goce de los sentidos, la
experiencia interior, los momentos de belleza, la irrepetibilidad de unos instantes
mágicos. La experiencia de contemplar el inacabable verdor de la selva a tus pies desde
la cima de una pirámide en Tikal solo puede superarse si después de cerrar los ojos para
meditar en silencio, los abres lentamente para contemplar como el paisaje a tus pies se
ilumina transformado con un resplandor que no existía unos momentos antes.
O viajar por el río Dulce camino de Livingston
entre paredes cubiertas de vegetación que se van elevando y estrechando más y más hasta
dejarte sin palabras, consciente que, incluso en grupo, somos una ligera sombra en un
bosque que ha vivido durante miles de años sin nosotros. Y de pronto las paredes se
amplían para mostrar el mar Caribe y la inmensidad de un cielo indistinguible del agua.
O la emoción de penetrar desde la agitación de un
populoso mercado popular en la semioscuridad de la iglesia de Santo Tomás de
Chichicastenango, donde se sigue quemando el mismo copán que perfumó las pirámides y
templos mayas durante cientos de años, donde las velas siguen ardiendo en el suelo para
pedir maíz, salud o hijos como se hacía antes de los conquistadores. Una iglesia
cristiana construida sobre un templo maya en cuyo interior los chamanes continúan
haciendo sus rituales. Como en Santiago Atitlán donde los santos están vestidos como
dioses mayas. Como en Esquipulas, lugar del Cristo negro, donde los creyentes rezan en voz
alta para explicar sus problemas y sus peticiones a Dios. Lugares donde las religiones
cristiana y indígena se mezclan de tal manera que es imposible no percibir la esencia de
pura espiritualidad y devoción que más allá de las formas que adopte el culto impregna
cada imagen y a cada visitante con la mente abierta.
Historia, cultura y arte. Selvas, grandes ríos y
grandes lagos. Antiguos dioses en piedras labradas y una espiritualidad diferente.
Sonrisas abiertas y ojos brillantes sobre tejidos llenos de color. Volcanes cubiertos de
vegetación que se reflejan en la belleza del lago Atitlán mientras el sol se pone. Y,
sobre todo, la experiencia de compartir durante tantos días risas, canciones, silencios,
comidas, viajes... ¡En una palabra: amor! |