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FINALMENTE LLEGÓ
EL MOMENTO TAN ESPERADO

Por Frederic Solergibert

Estoy convencido de que es absolutamente imprescindible viajar para desarrollar una conciencia planetaria, para descubrir que la Tierra es un lugar muy pequeño y que el rincón más perdido del planeta está al alcance de mi mano. Creo que es erróneo pensar que el lugar donde vivo es el centro del universo y que, por tanto, es mejor que cualquier otro. La mejor forma de conocernos a nosotros mismos es aprender como viven los demás y experimentar como su forma de vivir nos hace sentir.

Existen magníficos libros de viajeros que cuentan de forma magistral cómo son los habitantes, los paisajes y la cultura de los países que visitan. También existen soberbios documentales que nos muestran el mundo en pantallas de televisión, pero las máquinas más sofisticadas jamás podrán sustituir los auténticos sonidos, luces, colores, aromas y sabores de cada lugar. Para descubrirlos es necesario llevar a cabo el gran viaje, donde cuenta más la emoción personal, la mirada del viajero, las ansias de conocer al extraño que el propio lugar de destino.

El mejor viaje es aquel que se hace despacio, relajadamente y en compañía de buenos amigos. Justo por todo ello recordaremos siempre con cariño los maravillosos instantes vividos este verano en Guatemala y México. Donde la belleza del lugar se entremezclaba con la simpatía y la amabilidad de sus gentes. Lo más destacado no es la visita de hermosos lugares, sino la inconfundible sensación de ser testigo de otra forma de vida, de otra concepción del mundo. Aunque las ropas o la lengua fueran a veces, que no siempre, parecidas a las nuestras, en el secreto de las miradas era posible percibir, si se miraba con atención y respeto, otro mundo, otro cosmos. Un ritmo diferente de caminar, de respirar, de vivir. Un regalo maravilloso de los descendientes del pueblo maya a los hombres blancos que los visitan.

Y uniéndolo todo, las maravillosas ruinas mayas y los trayectos que las separan. Construcciones diferentes en cada localización, con formas diametralmente opuestas, siempre elaboradas, siempre armónicas. Teniendo en común tan sólo la plaza central y su juego de pelota ritual, ciudades que parece hubieran sido labradas para reflejar en su individualidad las peculiaridades de cada entorno: sobre la selva de altas copas de Tikal se elevan unas pirámides esbeltas más altas que los arboles más altos como para evitar no ser vistas; densos laberintos de construcciones entrelazadas son espejos de las colinas que las bordean en Palenque; o las magníficas montañas artificiales que son las pirámides de Chichén Itzá.

El grupo frente al templo de las inscripciones en Palenque

Y como música de fondo, las explicaciones de un guía excepcional, Jorge Fuentes, que convirtió su labor "rutinaria" en un hermoso ejemplo de dedicación y entusiasmo, descubriéndonos infinitos detalles, grandes y pequeños ocultos a la mirada superficial.

Y siempre, por encima del goce de los sentidos, la experiencia interior, los momentos de belleza, la irrepetibilidad de unos instantes mágicos. La experiencia de contemplar el inacabable verdor de la selva a tus pies desde la cima de una pirámide en Tikal solo puede superarse si después de cerrar los ojos para meditar en silencio, los abres lentamente para contemplar como el paisaje a tus pies se ilumina transformado con un resplandor que no existía unos momentos antes.

O viajar por el río Dulce camino de Livingston entre paredes cubiertas de vegetación que se van elevando y estrechando más y más hasta dejarte sin palabras, consciente que, incluso en grupo, somos una ligera sombra en un bosque que ha vivido durante miles de años sin nosotros. Y de pronto las paredes se amplían para mostrar el mar Caribe y la inmensidad de un cielo indistinguible del agua.

O la emoción de penetrar desde la agitación de un populoso mercado popular en la semioscuridad de la iglesia de Santo Tomás de Chichicastenango, donde se sigue quemando el mismo copán que perfumó las pirámides y templos mayas durante cientos de años, donde las velas siguen ardiendo en el suelo para pedir maíz, salud o hijos como se hacía antes de los conquistadores. Una iglesia cristiana construida sobre un templo maya en cuyo interior los chamanes continúan haciendo sus rituales. Como en Santiago Atitlán donde los santos están vestidos como dioses mayas. Como en Esquipulas, lugar del Cristo negro, donde los creyentes rezan en voz alta para explicar sus problemas y sus peticiones a Dios. Lugares donde las religiones cristiana y indígena se mezclan de tal manera que es imposible no percibir la esencia de pura espiritualidad y devoción que más allá de las formas que adopte el culto impregna cada imagen y a cada visitante con la mente abierta.

Historia, cultura y arte. Selvas, grandes ríos y grandes lagos. Antiguos dioses en piedras labradas y una espiritualidad diferente. Sonrisas abiertas y ojos brillantes sobre tejidos llenos de color. Volcanes cubiertos de vegetación que se reflejan en la belleza del lago Atitlán mientras el sol se pone. Y, sobre todo, la experiencia de compartir durante tantos días risas, canciones, silencios, comidas, viajes... ¡En una palabra: amor!

 

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