|
Los días pasados en la
mágica tierra del Languedoc han sido una ocasión especial donde se han
armonizado la compañía, el clima, los lugares visitados y la
experiencia de convivencia.
Un grupo de personas de
distintas edades, aficiones y procedencias unidas en el afán de
búsqueda del mundo cátaro. Recorriendo los lugares donde hace ocho
siglos otros seres humanos creyeron en el “amor puro” hasta dar su
vida por sus ideas. ¿Y que mejor inicio que Montsegur? El hogar del
Grial, el lugar de la mayor hoguera de la Inquisión , pero también una
montaña repleta de la energía telúrica del dragón, en un entorno
bellísimo de montañas que envuelven las ruinas del castillo
protegiéndolo siglo tras siglos. Y tras las explicaciones de Ángel
García sobre los cátaros y los lugares enigmáticos del castillo, una
meditación sobre las rocas vivas que coronan Montsegur culmina la
visita.
Y con el primer almuerzo
descubrimos la tónica de lo que fueron las siguientes comidas y cenas:
excelentes y dignas de una tierra famosa por su gastronomía. ¡Hay que
alimentar el cuerpo, a la vez, que la mente y el espíritu!
Al día siguiente, le
llega el turno a Rennes Le Châteu, hogar de misterios y tesoros
escondidos como nos explica Frederic Solergibert. La experiencia de
visitar la residencia donde vivió y murió el abate Saunieres, nos
aporta el elemento de intriga terrenal. Su iglesia, repleta de
extravagancia, aporta el enigma de lo inexplicado. Un lugar extraño que
nos inquieta.
Por la tarde un retraso
providencial nos obliga a cambiar la visita prevista y así descubrimos
el castillo de Queribus, el único con Montsegur que fue realmente
cátaro. Un lugar muy especial construido en niveles escalonados que
apurando la roca al límite se eleva como un pararrayos de piedra. Y en
su centro una columna de piedra maciza que existía en la cima incluso
antes de la construcción del castillo. Si imaginamos la montaña sin el
castillo, la columna culminaría las retorcidas laderas como el cuerno
de unicornio o de una serpiente atrapada en las rocas aguzadas. ¿Se
eligió el lugar por su energía, por su belleza o por su posición
estratégica? Para nosotros ver como se ponía el sol tras las montañas
mientras los Pirineos se encendían a lo lejos fue una experiencia inolvidable.
Y a la mañana siguiente
la visita de la fortaleza de Carcassone nos abre el apetito de lo que
será descubrir Albi, cuna hereje y ciudad medieval llena del encanto de
una pequeña ciudad de provincia que además celebraba con disfraces y
ferias sus fiestas. La sorprendente arquitectura de la catedral de Albi,
siempre presente, nos sirve de guía para recorrer la ciudad a pie, por
las riberas del río, por los puentes, por sus estrechas callejas,
culminando tras las compras o el vagabundeo ocioso en la plaza de la
catedral, donde uno u otro del grupo nos encontrábamos para compartir
nuestros descubrimientos. Cuna de Touluse Lautrec, su museo albergado en
un delicioso palacio nos sirvió de refugio durante una tormenta que
hacía aún más hermosa la vista del río y los puentes. Y cerca de
Albi, Cordes. Pueblito aún más romántico e indudablemente mucho más
empinado, una tarde despejada nos permite disfrutar de las colinas que
la rodean en un entorno que recuerda una pequeña Toscana. Pueblo de
artesanos con tentadores escaparates llenos de vinos y foie. ¿Quién
desea resistirse? Y a la vuelta, Narbonne donde ruinas romanas e
iglesias góticas se mezclan anticipa la vuelta inevitable. Unos días
inolvidables con un grupo excepcional donde el respeto, el afán de
descubrimiento, las risas, las reflexiones y las confidencias han sido
incluso más hermosas que unos lugares mágicos llenos de energía y de
belleza. ¿Cuando volvemos?
|