Ya Herodoto en el siglo V a C escribió: Este
país posee muchas cosas maravillosas y presenta monumentos que van más
allá de todo lo que puede decirse, y superan los de cualquier otro
país. Probablemente es por ello que Egipto ha atraído desde
siempre visitantes de todo el mundo y en la actualidad lo que se
denomina el turismo de masas. Probablemente esta ha sido la razón por
la que he demorado tanto viajar por el país del Nilo. No me gustan las
grandes aglomeraciones, ni mucho menos el turismo masificado. Siempre
he viajado con amigos, alquilando coches y reservando hoteles sobre la
marcha. Hasta que al fin, el grupo de amigos se hizo tan numeroso que
precisó de una organización técnica, una agencia de viajes que
canalizase y diera forma al proyecto.
De este modo he recorrido el mundo, hasta que al
final y casi por casualidad le llego el turno a Egipto. Confieso que,
al principio, rechacé el proyecto, pero luego, poco a poco, fui
haciéndome a la idea de viajar a Egipto. Primero como una imposición
del destino, pero luego y ante la vista de las maravillas que
contenía, la creciente ilusión ante los preparativos del viaje fueron
disipando la temida experiencia, el tener que viajar junto a miles de
personas, todas intentando hacer la misma foto. Y es que a mi me gusta
viajar lentamente y en silencio, estando en los sitios y permitiendo
que los acontecimientos que los templos conmemoran me penetren
lentamente, modificando mi visión, integrándolos en mi conciencia.
Para mi, viajar es como una meditación. Me deslizo hacia mi interior,
paso horas en silencio, absorbiendo y sintiendo como mi conciencia se
expande hasta abarcar e integrar la nueva forma de vivir. Quizás por
esto tiendo a regresar a los sitios una y otra vez, completando un
proceso que quizás como la vida humana no tiene fin.
Después de un par de días de viaje pude darme
cuenta de que a pesar de que estaba en un destino de masas estas no se
notaban. No porqué no hubiera nadie más, sino que la excelente
organización del viaje y el ideal itinerario propuesto por Viajes
Magíster, nos permitía visitar los monumentos en las horas que
permanecían semivacíos, a la salida del sol o al atardecer. Y así, en
mi memoria permanece la magnifica visión del templo de Horus en Edfu,
vacío, sin turistas, todo para nosotros o del Templo de Filae,
paseando al azar tras una maravillosa y completa visita. Siempre
acompañados por un guía extraordinario: Mr Ashraf , cuya pasión, amor
por el país y explicaciones nos sumergían en el recuerdo de un pasado
grandioso, haciéndolo vivo y cercano.

Naturalmente que realizamos visitas coincidiendo
con otros grupos, pero fueron hechos aislados. Tampoco el calor se
hizo patente, cuando comenzaban las horas de calor siempre había una
piscina donde descansar y relajarse hasta la puesta del sol.
Probablemente una de las cosas que más agradezco es el disfrutar del
tiempo, el tiempo de las visitas, los descansos y las charlas. Tener
tiempo para descansar e integrar la energía del lugar. Recuerdo
especialmente un atardecer en Abu Simbel: cuando iniciamos la visita
el sol se había ocultado tras las montañas proyectando una agradable
sombra sobre el lugar y tiñendo las piedras de un tono anaranjado de
una gran belleza, imposible de apreciar a otra hora, bajo el sol
directo. Prácticamente éramos los únicos que en aquella hora
permanecíamos allí. Pasamos casi tres horas en soledad puesto que
esperábamos el inicio del espectáculo de luz y sonido. Fueron tres
horas maravillosas, a disfrutar por el privilegio de poder estar en un
lugar tan fascinante. Sin apresuramientos, solos, embebiéndonos de esa
mágica sensación que despide el Nilo, a su paso junto a los templos,
mientras las primeras estrellas aparecían en el firmamento.
Pero quizás el recuerdo por excelencia que
personalmente atesoro en mi corazón es la ascensión al Monte Sinaí. La
total oscuridad, un cielo repleto de estrellas, las luces de las
linternas centelleando como luciérnagas y la visión de la larga fila
de camellos avivaron sensaciones que como si de recuerdos de otras
vidas se tratasen, me conmovieron profundamente. Y luego, todos
juntos, agolpados sobre las rocas, viendo el sol disipando las
tinieblas para alzarse, al fin triunfante, sobre el horizonte,
mostrándonos como la luz siempre sustituye a los periodos de
oscuridad. Fue una vivencia extra-ordinaria. Quizás, para muchos, la
subida el Monte Sinaí haya sido el inicio de una nueva vida y el
posterior baño en las azuladas aguas del Mar Rojo un renovado
bautismo.
Caminar juntos, ascender juntos y finalmente
sumergirnos en las aguas renovadas de la conciencia infinita. ¿Qué más
puedo decir? Gracias a todos por acompañarme en esta experiencia, os
agradezco vuestra comprensión y respeto, así como también todo el amor
que me ofrecéis.
Frederic Solergibert